30/5/07

Confesiones


No sé qué datos puedo darle para explicarle quién soy, pero verá, jamás uso tacones -a no ser que sea puramente imprescindible- acaban doliéndome los pies y termino por andar descalza, o por bailar descalza, que muchas veces viene a ser lo mismo. Generalmente no termino nada de lo que empiezo por pura pereza y presumo demasiado de mis pocos logros sin darme cuenta, es un defecto que me viene de fábrica, quiero decir, de herencia. Para ser sincera no estoy muy de acuerdo con mi pelo, ni con mis caderas, me avergüenzo de mi barriga de media luna y meto tripa para las fotografías. Si se fija usted, tengo un lunar en esta mejilla que no me agrada demasiado, en cambio este de aquí, ¿lo ve? el de debajo de la boca, me parece encantador, como los dos que marcan el principio del escote y el largo de las faldas, rematadamente apropiados.
No suelo maquillarme, no por nada, es decir, no tengo nada en contra de las mujeres que retocan o restauran sus rasgos, suelen ser bastante hábiles, pero me gusta restregarme los ojos y besar, sobretodo me gusta besar. Tiene mucho encanto un buen beso, ¿no lo cree usted así? Sobretodo cuando se aloja en ciertos sitios con falta de costumbre, como la comisura del labio o la muñeca derecha o sobre el párpado. Me muerdo las uñas. No puedo ocultarlo más. Desde pequeña, mis padres intentaron mil trucos, pero no funcionó ninguno. Logré dejármelas largas por primera vez en bachillerato, para pintarlas de un azul eléctrico horrible que mi madre miraba con cierta desaprobación. Ahora las dejo crecer de vez en cuando, para pintarlas de negro. No piense nada raro, o piense lo que quiera, es usted libre, ¿me entiende? Así pintadas, parece que me tientan menos, o que me distraen algo. Al final acabo atacándole al esmalte hasta que desaparece dejándome un tanto indispuesta para entrevistas o reuniones en las que tengo que enseñar las manos, llenas de manchitas negras. ¿Por dónde seguir?
De pequeña me caí saltando a la comba con una manguera, puede ver la prueba evidente, tengo una paleta montada sobre la otra y una pequeña mella en el diente. Siempre he querido llevar aparato sólo por llamar la atención, pero mi madre no utilizó jamás este recurso para martirizarme. También me empeñé en llevar gafas y lo conseguí con una serie de mareos y nauseas cierta primavera. Unas gafas maravillosas de pasta malva que sólo me pongo cuando me siento lo suficientemente intelectual. Me gusta llevar reloj, éste, aunque parezca de marca, sólo me costó cinco euros en un puesto ambulante. No suelo mirar la hora y cuando la miro no atino a verla, lo he convertido en un gesto cotidiano que carece por completo de significado. ¿No le pasa en ocasiones que tiene que mirar cinco veces su muñeca para cerciorarse de que son las dos? Es algo bastante molesto.
Nunca he llevado un vestido largo, no porque no me gusten, ¡me he probado millones sólo para comprobar si me favorecían! Pero considero que no sirven para cualquier ocasión y nunca me he atrevido a comprarlos. De todos modos, para qué mentirle, siempre he preferido unos buenos pantalones vaqueros, anchos, de caderas bajas, algo masculinos, a las faldas de cintura que me aprietan al sentarme. Puede tacharme de poco femenina si así lo desea, pero le adelanto que se estaría equivocando. Me gusta enseñar las piernas, pero sobretodo en verano. En verano no escapo de las faldas, al contrario, casi no uso otra cosa por pura comodidad, aunque confieso que tengo que controlarme para no cruzar las piernas indebidamente o simplemente retreparme en el asiento.
Amo las sandalias y amo quitarme las sandalias para mojar los pies en el mar, aunque se llenen de arena. No temo a la arena, no voy a la playa como las familias cuidando de que la tortilla de patatas no acabe rebozada, no me importa tener que enjabonarme la cabeza veinte veces para quitarme la tierra o volver a casa y al deshacer la maleta tener que pasar la aspiradora. Y no crea que digo una nimiedad, odio pasar la aspiradora, me saca de mis casillas ese ruido infernal tan relacionado con la liberación de la mujer en los sesenta. Otra cosa que no soporto es subir las escaleras la primera, siempre cedo el paso, y no es por educación, se lo aseguro, es pura manía, aunque no me considero maniática. Por lo menos no todos los días. Eso sí, no me puedo dormir sin leer y sin rezar, son buenas costumbres que conservo desde niña y que me hacen caer como una bendita –siempre que no tengo la cabeza llena de ideas sobre el calentamiento global, la estabilidad de mis pasiones, el hambre en el tercer mundo o la vejez-.
Antes odiaba ser capturada por la cámara de fotos y ahora soy yo misma la que se fotografía, algo relacionado con la autoaceptación y la liberación de mi niña interior, ¿comprende? Pero reconozco que sigo sin soportar escuchar mi voz a través de un aparato eléctrico o verme en un video casero, mucho menos verme actuando. Es algo que me paraliza y frustra mis siguientes representaciones. Me siento obligada confesar en este punto que se debe a mi terrible pánico a la ridiculez, nunca condenaré la infidelidad, sino el hecho de saberlo la última. Otro absurdo más. Pero, ¿qué decirle ya? Me corté el pelo para acabar con todo y me encontré de niña, siempre soñé ser bailarina y aún creo –muy a mi pesar y a pesar de los complejos que significa- en el príncipe azul, aunque me he propuesto dejar de buscarlo.
Como con la boca cerrada y no suelo reírme con los chistes, aborrezco las conversaciones sobre el tiempo y me frustra que no entiendan mis poesías –aunque también me hace sentir cierta satisfacción poco apropiada-. Me encantan los niños y las personas mayores, los libros de casa de mi abuelo son el tesoro que aspiro alcanzar y que poco a poco estoy robando, tengo miedo al abandono y a las voces más altas que otras. Desde que comencé a dormir con tapones aprendí lo que era no despertarse cincuenta veces durante la noche y ahora persigo malhumorada a cualquiera que me haga perder horas de sueño, no sé si lo comprenderá, sé que es un defecto, pero soy tan feliz cuando duermo… si supiera usted la de cosas que rondan por mi cabeza lo entendería. Es como ser todo y nadie, ¿me sigue? Es ser yo misma.

2 comentarios:

Abel Asvir dijo...

Unas veces me siento
como pobre colina
y otras como montaña
de cumbres repetidas.

Unas veces me siento
como un acantilado
y en otras como un cielo
azul pero lejano.

A veces uno es
manantial entre rocas
y otras veces un árbol
con las últimas hojas.
Pero hoy me siento apenas
como laguna insomne
con un embarcadero
ya sin embarcaciones
una laguna verde
inmóvil y paciente
conforme con sus algas
sus musgos y sus peces,
sereno en mi confianza
confiando en que una tarde
te acerques y te mires,
te mires al mirarme.

(Mario Benedetti)

Elchiado dijo...

Jo. y ya no sé qué más decir.









(esto de arriba es mi silencio al leerte)