15/5/08



Cuando era pequeña, a mi madre se le quemó una vez el cocido, desde entonces siempre espero que se le vuelva a achicharrar para tener que comer huevos fritos con patatas en último momento.

También recuerdo que, leyendo una aventura de los cinco, me estremecí en la cama a la luz de la lamparilla, muerta de miedo; creo que fue la primera vez que dejé que una historia me arrastrara por completo adentro.

Solía jugar en el jardín, con el cassette de Grease sonando a todo volumen, a que interpretaba a una actriz de película, daba vueltas y sonreía o me ponía seria si era preciso.

Cuando cumplí cinco años mi abuela me hizo un vestido blanco maravilloso, el jardín ni siquiera tenía plantas, sólo piedras. Ya había amigos en casa cuando yo subí a ponerme el magnífico vestido en el cuarto de baño de arriba, los miraba desde la ventana; al bajar me sentía magnífica y recuerdo globos rojos.

Llevé a mi madre, cuando aprendí algunos números y algunas letras, una serie indefinida de signos escritos en la pasta de un libro de cuentos; "¿qué pone aquí?" inquirí emocionada pensando que habría escrito algo magnífico, "cariño, sólo son números y letras, no pone nada".

Tuve un diario de pastas verdes, como de mayor, y hojas con el borde dorado, ahí escribí mi primera historia para Marina; me sentaba a escondidas en el jardín, con la espalda pegada a la pared blanca, e imaginaba más rápido que escribía.

El gato se tumbaba al sol, largo, blanco y amarillo, sólo me dejaba a mí acariciarlo y eso me hacía sentir especial, era bonito.

Hacíamos barbacoas cuando se acercaba el verano, aunque al día siguiente hubiese colegio, y mi madre cada vez estaba más contenta porque pronto pasaríamos todo el día con ella; nos poníamos el pijama de pantalón corto y salíamos a cenar al aire libre escuchando a los primeros bichitos.

Desde mi ventana, cuatro casas más allá, veía la ventana de mi vecina Sara, una noche estuvimos bailando y haciéndonos signos con linternas hasta la madrugada, nos sentíamos totalmente dueñas de la noche.

Recuerdo que, para pintar, tuvimos que quitar todas las cosas de mi cuarto, se quedó desnudo, únicamente con los muebles, por los que me decidí a trepar: me tumbé encima de la cómoda, anduve sobre el escritorio oteando la cima del armario... Debería haberse quedado así para siempre.

Una vez colgué un mapa mundi detrás de la puerta, qué feo quedaba.

De pequeña ya iba al baño por las noches, por lo menos una vez, al contarlo en clase la profesora se creyó que era otra de mis historias de fantasía y me llamó mentirosa, sentí tanta rabia que casi me levanto y me voy.

Cada vez que venía alguien a casa le enseñaba mis cuadernos de dibujo o mis cuadros, me sentía muy orgullosa.

Mi madre tenía que chantajearme para cortarme el pelo y siempre discutíamos cuando me peinaba, todavía no sé hacerme una coleta decente.

Dentro de mi armario cabía yo, para esconderme.

La primera vez que entró el escritorio en mi cuarto me sentí como Wendy cuando le dijeron que se estaba haciendo una mujer; no sabía con qué llenar los cajones, pero me encantó la estantería que traía consigo y la decoré con mis libros preferidos.

Siempre he dormido con un oso de peluche pequeño y rosa, cuando yo era pequeña parecía más grande. Imaginaba que, por las noches, estábamos conectados por cables invisibles que hacían que nuestros sueños se compartiesen; a veces yo fantaseaba con chicos y me daba un poco de pudor que el osito se enterase de esas cosas, así que le pedía disculpas y desconectaba los cables, por si acaso.

Cuando tenía pesadillas insistía en que mi madre se viniese a la cama conmigo, hasta que aprendí a imaginar mi cabeza como un televisor, entonces si tenía pesadillas, simplemente cambiaba de canal al de los dibujitos; recuerdo que una vez Asterix y Obelix lucharon como valientes, ganando un jabalí, contra un terrible mal sueño.

Creía que debajo de mi cama había un monstruo terrible o algo parecido, a veces todavía lo creo; mi padre subió convenciéndome por la escalera de que en casa sólo estábamos mamá, Javi, él y yo; entró en mi cuarto y yo me quedé fuera esperando atemorizada, él se inclinó junto a la cama y, después de sonreírme ampliamente, fingió que un monstruo terrible lo arrastraba debajo de la colcha; estuve hasta los quince años dejando las zapatillas de andar por casa en mitad de la habitación, cogiendo carrerilla y saltando sobre la cama.

Cuando me enfadaba, me sentaba en una silla apartada del salón muy enfurruñada, para que todo el mundo fuese consciente de lo mal que me sentía.

Cantaba canciones de amor que yo misma me inventaba.

Pegaba mocos en el suelo del coche y me comía las uñas.

Nadar me hacía sentirme libre.

Hablaba con el viento y, cada vez que me esparcía el pelo, era como millones de caricias, me sentía llena de un amor universal.

Tenía amigos invisibles, en realidad tenía una civilización invisible que vivía en la maceta de mi cuarto de baño, cuando iba a hacer pipi o caca, convocaba reuniones con el alcalde, asistía a alguna representación de teatro, o simplemente charlaba con algunos de ellos; si tenía que salir de viaje a algún sitio, esperaba pacientemente a que todos se subiesen a mis zapatos y al llegar, por ejemplo a casa de mi abuela, corría al cuarto de baño para que se bajasen todos (en casa de mi abuela vivían en la jabonera y desfilaban por el lavabo en concursos de belleza).

Quería ser bailarina y me subía los leotardos hasta las axilas, daba saltitos por toda la casa y ponía posturas; mi padre me hacía portés y nos moríamos de risa.

Mi abuelo me escribía cuentos, me regañaba si borraba mal y me enseñaba esperanto; cuando mi hermano y yo tuvimos varicela, lloramos hasta que vino desde Andújar a casa para cuidarnos.
Conseguir que mi abuela nos dejase rechupetear la cuchara con la que había estado trabajando la nata era el mejor premio del mundo.








Podría seguir, ¡pero no quiero ser demasiado pesada!

5 comentarios:

Juan dijo...

Ahora siento que te conozco un poco mas. :)

hombrepez dijo...

Cómo me gusta leerte.....Me traen muchos recuerdos los libros de Los Cinco y también de Los Siete Secretos, Enid Blyton era una maravilla

Saludos

Abel Asvir dijo...

Cuantas tardes hemos pasado juntos, sobrevolando libros, acariciando el gato, escuchando a los abuelos, chupeteando la cuchara de la nata, dibujando grandes planes...

cuanto pasado hay entre nosotros

que extraño que no nos conozcamos, verdad?

Antonio Alfonso Jiménez dijo...

Gracias. Tu niña me recuerda que este niño no quería "irse al cielo", y por sus narices que no lo hizo. El cielo sólo era un color entonces, y éste quería llenarse las uñas de tierra.

Aún crujen al morderlas.

Gracias otra vez.

Luar dijo...

Que encanto de post, tantas recordações.
Fez-me lembrar o meu tempo passado...quando li "os cinco" desejei ir estudar para um colégio interno e ter um grupo de amigos aventureiros!
O meus pais não me deixavam ter um cão. Então tive um invisível chamado SAMÉ - que traduzindo era uma menemótica de biologia - Sensitivas Aferentes Motoras Eferentes...jajaja
Belos tempos....em que o complicado se torna simples, e o simples vira assustador!!!

Un Beso