24/5/07

Capuchino de máquina

No hacía mucho había soñado que vivía un amor apasionado con un hombre más joven que ella al que hacía poco que conocía. Había soñado que los dos tenían un romance secreto. Que fingían odiarse en público para no levantar sospechas y que, después, se besaban a escondidas como dos adolescentes en primavera, buscando la mímica oportunidad para tenerse en las escaleras, en el pasillo, en el cuarto de baño, en la calle más estrecha.
Y al despertar, tras saborear su extraña sensación de abandono y deseo, había acariciado la espalda de su marido para saciar su sed de desnudez recién levantada.

Esa mañana tenía que ir a la antigua sede de sus oficinas a recoger una antigua carpeta de documentos. Diluviaba y olvidó el paraguas. En la carrera del coche a la puerta se puso empapada. Pensó cuatro palabras mal sonantes cuando descubrió que los zapatos nuevos se le habían calado y se prometió un café de máquina después de recoger la carpeta.
Todavía trabajaban allí algunos compañeros y pasó a saludarlos de camino a su antiguo despacho. La carpeta estaba en el cajón del escritorio, se quitó el abrigo y lo colgó en su silla. Iría a por el café y esperaría a que escampara.

La máquina de café no prepara el mejor capuchino del mundo, pero es más respetable que los horrorosos brebajes del bar de la esquina. Echa la moneda y recoge el cambio. En espera. Preparando. Retirar. Se agacha para recoger el café y, cuando levanta la cabeza con el líquido ardiendo a través del vaso de plástico, lo ve, como si todavía formase parte de su sueño. Y teme confundirse.
Lleva unos pantalones de pinzas y una bonita camisa de listas marrones. Se siente como una colegiala. Otra vez como una colegiala con el corazón desbocado. Cuando él la mira, el café está a punto de caérsele de la mano derecha y lo cambia a la izquierda.
-Hola-, dicen sonriendo.
Y él se acerca para recibir los dos inocentes besos del protocolo entre personas que no hace mucho que se conocen. Ella, de pronto, no sabe besar como desconocida, sino sólo como mujer, y deja su mano apoyada entre la oreja y el cuello de su compañero, atrayéndolo hacia sí. Y sus dos besos son besos distintos e iguales a todos.
Cruzan cuatro palabras después de separarse. La invita a ir a comer con unos amigos comunes. Pero se defiende con una ridícula excusa y escapa con un nudo en el estómago.

Cuando subió las escaleras de vuelta al despacho descubrió que las rodillas le fallaban como a una quinceañera y que tenía los pies empapados todavía. Se sentó mirando por la ventana y cuando recordó el café estaba tan frío que decidió dejarlo allí y volver al coche. No había parado de llover.

-Bésame como si fuera a morirme mañana-. Le había dicho a su marido al descubrir que había vuelto a olvidar la carpeta en el despacho.

1 comentario:

C. H. Armagnague dijo...

Lo leí y pensé en Carver.
Y por supuesto que citar a Carver en un comentario no puede ser otra cosa que positivo.