5/7/10

Normalmente fingía que me tropezaba con ella, pero ya había aprendido la hora de su cigarrillo y buscaba una escusa para sentarme en el escalón a su lado. Aunque prefería pensar que no, sabía que se había dado cuenta de mi torpeza, de mis infantiles pretextos. Pero el hecho de que no me hubiese dicho nada, me hacía conservar la esperanza de que, en realidad, le gustaba mi presencia.

Desde aquella primera tarde de invierno en que me atreví a sentarme con ella, había memorizado cada uno de sus rasgos, de sus gestos típicos, porque no le importaba que me quedase mirándola como un pasmarote.
-¿Qué coño haces? -me había preguntado inexpresiva en nuestro cuarto encuentro, durante las lluvias, cuando nos refugiábamos bajo un balcón y el humo del cigarrillo se enredaba entre sus dedos de uñas recortadas. Afortunadamente no tuve que explicarme-. Y luego me llaman rara a mí -sentenció antes de dar la última calada como si fuese a derrumbarse el escalón bajo nosotros.

Los dos nos habíamos acostumbrado a que la mirara, supongo. Nuestros cinco minutos allí, a veces más, a veces menos, todos y cada uno de los días, sólo a aquella hora bendita que respetaba por encima del toque de queda de mi madre, me habían dado suficiente como para comprender un poco más el mundo.

3 comentarios:

Gabiprog dijo...

Que extraños son los primeros requiebros del corazón...

DANI dijo...

Uff creo que hoy me he liado ja ja ja

Besos desenredados

Brian Edward Hyde dijo...

Las historias de amor abocadas al fracaso son lo mío. Creo que debería irme al psicoanalista... :)