12/11/08


-¿He cambiado mucho? –dijo recuperando para nosotros el tiempo. Su silueta se recortaba como un haz de luz en mi ventana. ¿Había cambiado en algo? ¿Había yo cambiado en algo? Lo contemplé intentando adivinar sus ojos. Eran más oscuros.
-Tu mirada es diferente –concedí intentando restarle importancia.
-¿Por qué? –Peter nunca se había conformado con respuestas sencillas, siempre había tenido sed de más. Me reí complacida.
-No lo sé, es una sensación abstracta… -medité en voz alta mientras evitaba centrar mi mirada en él-. Supongo que hay una profundidad diferente, como si fueses capaz de comprender más cosas.
A Peter le encanta oír a los demás hablando de él. Sonrió ampliamente y se llevó las manos a la cintura, con gallardía.
-Así que, según dices –se regodeó contemplando su sombra-, mi mirada es la de alguien más maduro, la de alguien capaz de comprender el mundo… Me gusta comprender el mundo.
Suspiré aliviada porque mi respuesta había sido suficiente para él. Mirar a Peter, sentado en su rincón, me hacía mirar hacia mí misma, descubrir cambios en el niño eterno era aceptar que yo también había cambiado.
-¿Y yo, Peter, estoy más vieja? –reí con un nudo en el estómago y encaré la imagen que me devolvía el cristal entreabierto de la ventana.
Peter adoptó ese gesto tan característico de gran meditador, de persona importante. Jugó un rato a no mirarme y después posó sus ojos oscuros en mí. Un escalofrío me recorrió la columna. ¿Y yo, Peter? Pensé de nuevo.
-La primera vez que te vi tenías un aire ausente, tus ojos eran tristes –comenzó a murmurar como en secreto-, estabas buscando algo.
Me encogí como una niña y bajé la mirada.
-Y lo encontraste –señaló sonriente y voló fuera de la habitación con elegancia-. Encontraste nuestro Nunca Jamás –su mano diminuta señalaba el infinito y mi corazón de gorrión estaba a punto de desbocarse-. Después tuviste que marcharte, ¿lo recuerdas? Y tus ojos volvieron a ser tristes.
Peter volvió a sentarse en la ventana. Sonreí con amargura, quería preguntar por mis ojos de ahora, pero me daba vértigo conocer sus respuestas. Los niños siempre dicen la verdad.
-No estás más vieja –rió confundiendo mi gesto-. Has cambiado. ¡Eres más fuerte!
Lo acompañé en su carcajada. Ojalá tuviese razón. Peter me miró divertido y, levantando la barbilla desafiante me dijo:
-¿Te acuerdas de nuestros juegos?
-Si soy incapaz de recordarlos, ¿me odiarás para siempre? –musité disgustada. Nunca he tenido buena memoria, pero odio olvidarme del tiempo que le dediqué. Al contrario que en el cuento, él parecía acordarse de todo.
-¡Pero si yo era el mejor en todos los juegos que inventabas! –se quejó dando un salto.
Nos miramos en silencio. ¿Quién eres, Peter? Quise preguntar, y él quizá pensaba: “¿quién es usted?”. Me recogí en mi vestido, de pronto un aire frío se arrastraba desde la ventana hasta mis tobillos haciéndome estremecer. Peter salió a la noche, envuelto por la oscuridad, y revoloteó nervioso ante mi ventana. Volvía sus dulces ojos continuamente a las estrellas. Yo lo sabía, se nos estaba acabando el tiempo.
-¿Vas a venir a la limpieza de primavera? –suplicó oculto por las sombras de la calle. Su voz era un reclamo, un fantasma inexistente.
-Ya no sé volar –confesé ahogada y su grito se agitó como las cortinas, degarrándome.

3 comentarios:

Luar dijo...

Aun tienes esa niña dientro de ti... nunca la dejes escapar!!!
Besos.

dreamer888 dijo...

por qué has cambiado la foto??

quién es ese niño?

Antonio Alfonso Jiménez dijo...

Esa mirada de la infancia, que te atraviesa, que no quema pero hiere, tiene un eco de reproche, aunque sería imposible que fuese así. De autocrítica más bien.

Y viceversa, lo hermoso que sería tener el corazón tan puro como para poder atreverse a sostenerle la mirada oscura a ese niñato volador.