3/1/08


El sonido de los tacones reverberaba en la calle vacía sobre las losas de piedra, contra las paredes de seto y las farolas altas. Primero un pie, luego el otro. Y así continuamente en una sucesión que acabó frente a la puerta blanca del número 23. El llamador era de metal dorado y a ambos lados de la puerta dos cristaleras dejaban entrever la luz amarilla de una lámpara decorativa. Dudó si llamar con los nudillos o no. Al final la puerta se abrió antes de que ella se decidiese.


Su vestido negro de rebajas parecía un trapo encontrado en la basura al lado de la casual camisa de seda de su anfitriona. Marie la recibía ya con una copa en la mano y la animaba a entrar desde su palidez azul en contraluz. Ella aceptó el ofrecimiento titubeante y sujetó el frío cristal con dedos torpes. El vino giraba helado en la copa.


Los tacones volvieron a acompasarse, esta vez en un doble ritmo, por los corredores con suelo de madera. Las paredes blancas, casi desnudas, descubrían a veces un cuadro hermoso y enorme que parecía haber sido pensado justo para el lugar que ocupaba. Atravesaron el salón poco iluminado, cruzaron la cocina y llegaron por fin al cenador con vistas al jardín. No sabía qué decir, si abrir la boca.


-Adelante, cariño-, la sorprendió la suave voz de su anfitriona-. No tienes nada que temer.

3 comentarios:

Juan dijo...

tus historias tienen ese toque de misterio y curiosidad , es como si las escribieses para que el que las lee las termine de escribir con su imaginacion.

Luar dijo...

Dos copas despues ya estaba mucho más relajada o seria más nerviosa. El vino y los tacones...una mezcla a temer!

Abel Asvir dijo...

Porque será que siempre siento pánico cuando no hay nada que temer....