
Cuando tenía trece años una de mis amigas me enseñó un truco para que mis padres no notasen que había estado llorando. A los trece años se llora por todo, aunque yo todavía lloro con los anuncios de la tele. El truco era muy sencillo, pero yo no habría caído en la vida. No bastaba con lavarse la cara en la fuente de la plaza, también tenías que separarte las pestañas, porque al llorar, la sal las dejaba pegadas en ramilletes delatores.
Había muchos trucos para evitar que te descubriesen después de una berrinchera. Yo doy gracias a los espejos de los portales de los bloques y al espejo del ascensor. Había días que tenía que pasar mis quince minutos buenos delante del espejo ensayando la sonrisa. A veces me entristecía tanto verme sonriendo tan falsamente que me volvía a derrumbar en llantina adolescente. Al final tomé mucha práctica, ahora sólo tardo unos segundos en encajar el golpe y seguir sonriendo. A veces ni siquiera necesito mirarme en el espejo.
Creo que todavía tengo alma de adolescente, todavía me dan pataletas y siento que está a punto de rompérseme el corazón. Sinceramente pienso que nunca voy a dejar escapar esta capacidad para destrozarme por dentro, me hace sentirme viva. Y, en el fondo, reconozco que siempre me he sentido más guapa llorando. La belleza de un ser de cristal me roba el aliento.










