las páginas se llenan de flores
y se vacían de palabras.
has llegado.
y mis verbos no dicen nada,
florecen.
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19/7/14
2/6/12
(felicidades, débora y alejandro, protagonistas hoy del cantar de los cantares)
pronuncias peonías y se enciende un mundo
de posibles o locuaces argumentos para conquistar
la clave justa que haga tu felicidad duradera
porque eres blanca, porque eres eterna en tus promesas,
minúscula en tus miedos, fugaz en tus guerras cotidianas,
desciende del líbano, ven del líbano, miel, gacela,
deshaz con tus palabras repetidas el nudo que dijeron
que te ahogaría, ¿quién conoce tus aromas, quién la luz
de tus mañanas? abre el lecho tú, invicta, victoriosa,
que desciendes de guaridas de leones, de montes de leopardos,
y canta alabanzas al amado, al dueño de tu fortaleza.
21/4/12
ella estaba hecha para el amor y la mentira. lo decía su sonrisa en absoluta contradicción con su mirada. también sus piernas, largas, sus pies descalzos. bailaba como si nunca se hubiese roto el mundo y yo sabía, sólo por cómo subía su pecho al respirar, que había sobrevivido a las catástrofes sin ganar jamás batalla.
5/10/11
sostiene una carpeta sobre sus piernas y un pañuelo para el cuello enrollado. también una mochila. va vestida de azul. lleva el pelo torpemente recogido y varios mechones le adornan las mejillas y le cubren las orejas. es pálida. su mentón es recto. la luz incide en él. por eso me vuelvo a mirarla. para descubrir si lo que esconde es tan perfecto como lo que muestra. sus ojos son hirientemente azules, sus labios proporcionados y justos. nos miramos sólo unos segundos, pero yo ando un rato pensando que es mi tropiezo con la belleza del día.
23/2/11
No sé qué edad tiene Laura, pero vino a escuchar música y poesía una tarde con sus padres al bar de costumbre. Entre canción y canción yo la veía andorrear el local con una muñeca entre los brazos y, cuando nos llegó la hora del bis, de la segunda vuelta que pide el público, pregunté a los demás si en lugar de leer uno de mis poemas se me permitía contar un cuento a la niña. Todos estuvieron de acuerdo, incluso Rafa se dispuso a hacer los efectos especiales. Como era de esperar, elegí La Princesa Valiente y el Dragón Hipocondríaco, cambiando el nombre de Lucía, por el de Laura. Laura se sentó con Lola, su madre, en primera fila y yo olvidé a todo el público y me decidí a contarle el cuento sólo a ella.
Este domingo Laura lloró en casa hasta que sus padres accedieron a volver al bar de la música y la poesía. Me miró con sus enormes ojos de niña que lo sabe todo -todo lo importante- y me cautivó de nuevo, pero no pude satisfacerla con un cuento. Aún así, Laura me perdonó, porque los niños tienen esa capacidad tremenda para ser condescendientes con los mayores.
Hoy Lola me contaba que Laura está enamorada de mí. Sólo me ha visto dos tardes pero ya quiere que su nombre artístico sea Laura Rosa, puesto que el mío es Patricia Rojo -cosa que no entiende, porque según su concepción del mundo debería ser Patricia Roja-, y Lola podrá ser Lola Lila.
Por todo esto no podía llegar aquí y escribir simplemente cuatro versos. Necesitaba hablar de Laura Rosa, la nueva princesa valiente de melena rubia y ojos de preguntas.
24/1/11
Estoy sentada entre botellas en la habitación al fondo del bar. Hay una carretilla azul mirándome con fijeza mientras Rafa toca la guitarra y las manzanas envenenadas se marchitan en su cesta. Estoy sentada en la habitación iluminada. Con la escalera, los frigoríficos y las cajas de cerveza. Herida de domingo y de recuerdos de los que te dejan la boca seca.
Su vestido estaba escrito de antemano, supongo que también sus piernas y su manera de mirar directamente a los ojos, como si estuviese dispuesta a arrasar con todas las leyes que conozco. Olía a naranjas y mentía lo suficientemente mal como para dejarme envenenar sin resistencia. Supe que se llamaba Clara demasiado tarde, como todos.
13/1/11
Se llamaba Olvido, pero era capaz de recordarlo todo. Sus padres supieron enseguida que se habían confundido con el nombre, porque la pequeña Olvido pronto distinguió y memorizó el ruido de sus pasos, el ritmo de sus respiraciones, el gemido quedo de la noche irrumpiendo en los cuartos, la risa tonta y única de cada uno de sus hermanos. Olvido los aguardaba a todos reconociéndolos en sus coincidencias y disimilitudes. Quizá suene a tontería, pero estas cosas los padres las notan. Al principio quieren creer en coincidencias, porque, aunque nadie lo crea, todos los padres aspiran a que sus hijos sean completamente normales. Los hijos especiales intentan esconderse en la casualidad. Pero Olvido no podía esconderse como todos los demás. Olvido recordaba cada una de las palabras que había escuchado pronunciar y sus significados, recordaba calles, números, olores, sonidos y voces, recordaba el tacto exacto de una flor rozando el contorno de su rodilla izquierda, con precisión soberana el ritmo de una hoja temblando sobre el suelo de otoño, el contorno gris que se dibujaba en torno a los ojos de su hermano mayor cuando una idea estaba cruzando su frente. Olvido era incapaz de olvidar nada.
-No sobrevivirá -decía su madre en voz queda a la noche, confesando sus temores más ocultos-, no tiene las armas necesarias.
-Sh... -la calmaba su padre encerrándose los miedos en el pecho-. No digas eso, no lo pienses.
-Pero... ¿cómo recompondrá su corazón?
10/12/10
-Te convences diciéndote todas esas cosas -me asegura, con esa manera suya de fingir que no me presta atención, que lo que me confiesa me lo confiesa sin haberlo pensado nunca antes, como si jamás me tuviese rondándole la imaginación-. Por eso te las repites tanto: te convences -chasquea la lengua apoyado en la baranda que conduce de mi balcón a la calle. Estamos mirando a la noche nublada, inaugurando algo-. Crees que quieres los sueños que te han enseñado a tener pero, ¿de verdad serías feliz con ellos? Tú no quieres enamorarte, has perdido la inocencia y eso te ha convertido en cobarde -mientras sigue hago un gesto con las cejas para preguntarle, sé que escribiré sus palabras después, cuando no me mire, para evaluarlas, para descomponerlas todas y jurarme que son mentira-. Te mantienes alejada de lo que eres porque estás acojonada, porque has aprendido a pensar mal de ti. Pero ya sabes sumar de otra manera, como tú dices, sumar. Te has vuelto cínica. Quieres ser independiente y libre y que te partan la boca, como te gusta, pero que te dejen en paz -me observa evaluando el peso de su argumentación-. ¿No te gusta lo que oyes? -sonríe y sé que he debido acusarme con los labios. Sonrío.
-Me suena a panfletismo barato.
-Tú no quieres un marido, Irene, tú quieres un puerto contra el que estallarte cuando estés cansada o muerta de hambre... y después largarte sin echar nada de menos.
-Creo que te proyectas en mí -lo acuso empujándolo levemente con mi hombro- y que intentas venderme algo que te viene que ni pintado.
-Tú sigue convenciéndote... -se ríe desbordado.
-Tanta dialéctica para nada, te he ganado.
-Ni hablar.
-Te he ganado, lo siento -disparo dedicándole una reverencia afectada-. Empleas argumentos que te vienen demasiado bien.
-Payasa.
-Pardillo.
8/12/10
Era hermoso. Paseaba por la estación sin reparar en mí -como nunca en mí repara la belleza, colmando de ideales lo cotidiano-. Delgado y pelirrojo, de tez pálida y alguna peca que no alcanzaba a cazar desde la distancia. Vestía un jersey de rayas y caminaba rápido, como debe caminarse en los andenes. Yo escribía, fingiendo que me comía el mundo cuando el hambre estaba a punto de matarme. Nadie se fijaba en mí. Nadie se fija en aquello que no brilla.
5/11/10
A los cinco años, Carlota decidió que su príncipe azul sería el hombre que descubriese los dos extraños lunares que tenía en la planta del pie. Ese hombre, fuese quien fuese, sería perfecto. Por eso, veinte años después, cuando Rafa le dice, como quien no sabe la historia: "Anda, bonito lunar, había visto el que tienes entre los dedos, pero no el que tienes justo en la planta", Carlota siente que el mundo se le da la vuelta y, por primera vez, para bien.
3/11/10
16/9/10
Raquel necesitaba odiarme para aceptar mi amor, era algo que había aprendido con el tiempo. En su absurda concepción del mundo, Raquel no era capaz de asumir que la devocionase, para ella era más fácil pensar que le estaba haciendo un favor manteniéndola a mi lado. Al principio fue horrible. Si le llenaba el mundo de milagros, si trataba de conquistarla con mis detalles, Raquel se sentía horriblemente desgraciada. Por eso empecé a fingir que me olvidaba de su cumpleaños, comencé a dejar mi ropa sobre la cama, abandoné la costumbre de besarla. Ella se recuperó. Volvió a amarme a su manera desesperada e inauguró sus intentos frustrados de envenenarme.
12/9/10
-¿Sigues enferma de lo mismo? -pregunta Raquel cuando llevamos un rato sentadas.
-Sigue -responde Maika con una sonrisa condescendiente, sin mirarme.
-¿Sabes que se te va a pasar, no? -insiste Raquel hablando despacio para que me sea imposible perder detalle-. Un día se te va a pasar aunque te empeñes en no tomarte nada.
-Vale -concedo encogiéndome en mi asiento.
-No -contraataca Raquel-, de vale nada. Se te pasará, aunque no quieras.
Maika bebe de nuevo de su copa y nos observa. Ella siempre se mantiene callada cuando recibo las lecciones sobre la vida de la maestra.
8/9/10
-Joder, pues la verdad es que me alegro, tío -brindó Mario buscando entrechocar su botellín de cerveza con el mío.
Eran las cinco de la madrugada y habíamos acabado en el balcón de su casa porque no quedaban bares que nos abriesen las puertas. Sentía ya el sabor agridulce de una borrachera venida a menos. Le acerqué mi botellín, del que casi no había bebido siquiera dos tragos, y sonrió triunfal cuando el sonido del cristal se extendió en la quietud de la noche.
-Te has librado de una tía que te amargaba la vida -me recordó apoyando la espalda en la pared e intentando estirar las piernas en el estrecho espacio hasta las rejas desconchadas.
Asentí con la cabeza y volví a levantar mi bebida como gesto de victoria. Comenzaba a notar la cabeza embotada y me aburría seguir con la misma conversación. Habíamos despotricado de Raquel durante horas.
-Joder... -comencé sin poder remediarlo-, era incomprensible... era... era... -una imagen me golpeó tratando de ayudar-, ¿sabes? Se metía detrás de un libro y ya no había nadie importante, podías decirle mil cosas, ella estaba allí a no sé cuántos kilómetros del salón, ¡daba igual que le preguntases si iba a aterrizar una nave espacial en la cocina! -sentí que comenzaba a irritarme e intenté calmarme, ya no servía para nada-. Después levantaba la cabeza, en algún momento, como si hubiese vuelto a conectar con el mundo de los vivos, o conmigo, vete tú a saber, y me miraba con los ojos brillantes de emoción... joder... ¡y me leía un puto verso como si fuese la respuesta a todos nuestros problemas!
-Era una tía rara de cojones -afirmó Mario categórico-. Una rarita de esas.
-Si... -cedí al tiempo que intentaba borrar el recuerdo pálido de su cabeza apoyada en mi hombro, leyendo en voz alta y desnuda, después de haber estado haciendo el amor la última vez, la que pensó que con un párrafo lo arreglaría todo-. Era una tía rara.
17/8/10
Me gusta no tener que conducir para volver del trabajo, prefiero mil veces sentarme de copiloto y pensar en las musarañas o comentar las estupideces del día. Hoy, afortunadamente, conduce Carlos, lo que me permite recostarme en el asiento y relajarme antes de pensar en qué voy a comer.
-¡Que por ahí no es! -exclamo al ver que en lugar de coger la primera salida de la rotonda, ha seguido para enfilar la segunda.
-Ya lo sé -responde escueto, concentrado en el camino, que se interna montaña arriba entre los árboles.
-¿Qué haces? -pregunto incorporándome para asomarme bien a la ventanilla.
-Alimento tu imaginación -se ríe Carlos tomando una salida a la izquierda, hacia una carretera de tierra.
-¿Vas a matarme en el medio del bosque? -me quejo volviéndome a recostar con los brazos cruzados.
-Creí que fantaseabas mejor -me responde con una sonrisa pícara mientras toma una curva. Y lo dice de tal modo que no puedo hacer más que enrojecer y cerrar la boca.
13/7/10
9/7/10
Ana se contempló en el espejo con aquel atuendo que jamás habría imaginado vestir. Repasó los minúsculos pantalones rosa palo y la blusita blanca que se ceñía a su cintura con fingida inocencia. Al final había decidido recoger sus rizos negros para dejar al descubierto su cuello, se preguntó si debía abrir un botón más de la camisa para dibujar otra perspectiva del escote y decidió desabrochar la pequeña perla privilegiada para comprobarlo. Por un segundo, al retirar sus manos y dejar al desnudo aquel instante de piel en semitransparencia, Ana se sintió una venus desaprovechada. Por eso se sonrió con urgencia y apartó aquel pensamiento de su imaginación con un guiño. ¿Qué importaba si las chicas la esperaban con un brindis preparado para despedir el último año en la facultad? ¿Qué importaba?
5/7/10
Normalmente fingía que me tropezaba con ella, pero ya había aprendido la hora de su cigarrillo y buscaba una escusa para sentarme en el escalón a su lado. Aunque prefería pensar que no, sabía que se había dado cuenta de mi torpeza, de mis infantiles pretextos. Pero el hecho de que no me hubiese dicho nada, me hacía conservar la esperanza de que, en realidad, le gustaba mi presencia.
Desde aquella primera tarde de invierno en que me atreví a sentarme con ella, había memorizado cada uno de sus rasgos, de sus gestos típicos, porque no le importaba que me quedase mirándola como un pasmarote.
-¿Qué coño haces? -me había preguntado inexpresiva en nuestro cuarto encuentro, durante las lluvias, cuando nos refugiábamos bajo un balcón y el humo del cigarrillo se enredaba entre sus dedos de uñas recortadas. Afortunadamente no tuve que explicarme-. Y luego me llaman rara a mí -sentenció antes de dar la última calada como si fuese a derrumbarse el escalón bajo nosotros.
Los dos nos habíamos acostumbrado a que la mirara, supongo. Nuestros cinco minutos allí, a veces más, a veces menos, todos y cada uno de los días, sólo a aquella hora bendita que respetaba por encima del toque de queda de mi madre, me habían dado suficiente como para comprender un poco más el mundo.
7/6/10
-Cuéntame el cuento ese de final feliz -le repetí con un bostezo-, estoy tan cansada que hoy puedo creérmelo.
Y él empezó por el principio de los tiempo recordándome a Susana, a mi abuelo Juan y a las botellas de vino que bebí para bautizarme, como Lázaro, en una nueva vida que todavía no entiendo del todo, pero que me gusta.
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