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30/5/12

susurró el  nombre de un río acercándose a mi oído y yo lo miré deteniéndome en su boca, de la que aún parecía prender aquel conjunto de sonidos. "en su orilla cacé un oso y un mamut", confesé casi violenta y él, sonriendo como un lince consentido, rozó con sus labios los rizos de mi pelo y, vendiéndome su amor con otras frases, me sedujo describiendo el sonido de las aguas contra los cantos rodados, la luz sobre la superficie cristalina de la tarde, los juncos, las conversaciones insulsas de los peces, desgranando poco a poco cada imagen como si pretendiese ofrecerme el universo con sonidos. entonces supe que yo era el lobo y él el río, que había bebido en su costado muchas noches y su agua había calmado mi sed tras la batalla. nos miramos. escuchaba aún sus últimas palabras y mi pecho subía y bajaba transparente. éramos dos ojos oscuros reconociéndose en el vientre de cualquier bar que no importaba.  

29/3/12

el viento ruge más allá de mis persianas.
salgo del sueño como un gato
que se estira y se acurruca.
pienso en la luz y en ti
que hallas oro entre mis piernas.

18/11/11

ella era rubia y mucho mejor que yo
pero tú no lo sabías

2/10/11

soñé que tenía frío
y venías a abrazarme
a mi lado de la cama.
entonces
ya no eras tú
eras nombres de canciones
escritas sobre mi piel

desperté
respirabas quedo a mi lado
me di permiso para sonreír

25/8/11

soñé que participaba en una guerra que no entendía, que me sobrevolaban estelas de misiles y el mundo se hacía añicos alrededor. vestía uniforme y corría entre árboles marrones, escapando de las líneas de ataque. la retaguardia había sido vencida por el enemigo. y fui acogida por él, colmada de ternura. 

15/3/11

Y entonces sueño que algo se ha roto y el suelo está lleno de agua y lo tengo que limpiar. Pero cada vez hay más agua que se cuela entre las piedras, no deja de haber agua, cuanto más friego, menos consigo. Y todo el mundo pasa por encima y a nadie le importa. Y todo el mundo tiene cosas mejor que hacer que ayudarme a recoger el desastre, porque mi cama está mojada, porque mis cosas están mojadas, pero llegan tarde al trabajo o llaman al timbre. Y el suelo es de piedra y se humedece el barro y mi mejor vestido se ha echado a perder y no podré bailar porque diluvia en cualquier sitio y el agua se cuela en este rincón que tengo que mantener limpio, pero no avanzo, no avanzo nada. Y nadie se para. Nadie pregunta. Cada vez hay más agua. Pero no me puedo cansar. 

26/10/10

un sueño extraño
Entraba en un museo donde de las paredes blancas, diminutas bajo el altísimo techo casi inalcanzable, tenían formas rugosas como si fueran cuevas. Yo andaba despacio, mirándolo todo, sorprendida por la falta de color, hasta que algunos proyectores comenzaron a funcionar dando sentido a esas paredes que al principio no lo tenían.
Entré en una habitación diminuta y circular donde un japonés muy viejo mostraba, sobre sí, en un libro enorme, un calendario con cada uno de los días de su vida y, con palabras que yo entendía, iba definiendo cada uno de ellos con ideas sencillas: gané, perdí, aprendí a olvidar… Alargué las manos y las hojas de su vida estaban también escritas en braile, pero eso no lo podía leer, porque todavía no estaba ciega.
A la pequeña habitación comenzó a entrar mucha gente, parecía que salían de una película de cine mudo por sus ropas, pero no paraban de hablar ni de hacer ruidos. Nos fuimos presentando unos a otros en aquella extraña sala circular, chocándonos con todo, y así descubrí otra habitación que conectaba con ésta por un diminuto pasillo. Allí, en una cama, dormía una mujer igual a mí, pero de tela. En cuanto clavé mis ojos admirados en ella, se despertó y se convirtió en un león enorme y fiero.
 -¡Oh, no! ¡La ha despertado! –gritó una mujer gorda vestida de verde esmeralda con los labios rojos y la cara muy pálida.
Y todos salieron en desbandada de la pequeña habitación, desperdigándose nerviosos por las escaleras del teatro, gritando y moviendo los brazos. Yo, aunque estaba muy cansada, también intentaba escapar lo más rápido posible de aquel león, pero no conseguía correr con suficiente velocidad y mis intentos de esconderme eran ineficaces, porque la fiera siempre sabía dónde estaba yo. Así que, agotada, muy cansada, en lo alto de unas enormes y anchas escaleras de pared blanca, me di la vuelta a esperar que el león me atrapara.
Entre mis dedos asustados, porque soy una cobarde y me había cubierto la cara, el león se fue convirtiendo poco a poco en la misma mujer de trapo que había sido en aquella cama. Era dulce y blandita la mano que posó en mi mano para que dejase de tener miedo y, en seguida, la amé como se ama a los niños más pequeños y necesitados de amor. Se abrazó a mí, cálida, y se quedó dormida en mis brazos. Yo estaba cansada, quería devolverla a su cama, pero no podía andar, así que me tumbé en el suelo y ella se tumbó en mi espalda. Escuchaba música desde que nos habíamos encontrado y de su corazón salía un tintineo metálico que me informaba de que estaba viva. Me acerqué a las enormes escaleras y, tumbada sobre el suelo, comencé a bajar, uno a uno los peldaños.
Conforme me acercaba al final, el corazón de mi yo de tela, comenzó a apagarse. Sonaba sólo un clic metálico por cada escalón. Cuando bajé el último, el sonido desapareció y la muñeca de tela se convirtió en un diminuto jirón. Sentí que el corazón se me rompía y me ovillé sobre mí misma, de rodillas en el suelo. Al hacerlo un ruido metálico se extendió por el museo. Miré junto al jirón de tela que había sido la muñeca y vi una navaja oxidada. Había salido de mi corazón.
 -Llora, ahora puedes llorar, ya has abierto la puerta –me dijo un hombre vestido de etiqueta, mayor y gordo, amable, dejando tímidamente su mano sobre mi hombro un solo instante.
Y me miré el pecho y vi el agujero negro por el que había salido la navaja oxidada. Y lloré y lloré hasta que mi llanto era un grito y me desperté en la cama.

22/9/10

Estuvimos hablando durante horas, y tú ni te enteraste. 

3/7/10

Todo es blanco o nada.

Estoy a la sombra de una farola que desprende rayos blancos de luz trazando un círculo en el suelo.

Hay un ruido como de aleteo sobre mi cabeza y, como una imagen fugaz, cruza mi frente el trapecista.

Una vez.

Otra vez.

Otra vez.

Es un maestro, liviano, sereno, preciso, perfecto.

Cae al suelo con una pirueta imposible y clava los pies sin un titubeo.

No hace reverencia. Me mira.

En el suelo hay una maleta, la recoge y cruza a mi lado, sobre el círculo blanco de la farola, antes de marcharse rumbo a la oscuridad.

Quiero llamarlo, pero no recuerdo su nombre. Sólo soy capaz de llamarlo "malabarista".

-¡Malabarista! -grito y se detiene, sobre un paso, a medio paso, con la maleta en la espalda, entre la luz y las sombras, a punto de perderse-. ¡Sé que no es tu nombre, pero no lo recuerdo!

No se gira, pero sé que sonríe. Sabes cuando una persona sonríe porque se mueven las orejas.

Lo recuerdo, como un triunfo, lo recuerdo.

-¡Trapecista! -grito como si acabase de rozar un milagro con la punta de mi lengua.

Y él regresa, y ya nada va tan despacio.

Ahora el ritmo parece girar bajo la farola, en nuestro círculo perfecto, mientras abre la maleta y saca tesoros azules: un vestido, varias telas, caracolas, marionetas...

Bailamos, un vals en el círculo blanco, con la maleta derramándose sobre el suelo.

Y me hace reír, me hace reír como a una niña.

Me hace sentir vieja y pequeña.

Me enseña a volar.

Me enseña a ser infinita.

Me hace sentir oportuna.

Pero todo se detiene.

Mi trapecista comienza a guardar sus tesoros en nuestra maleta, en su maleta. Y vuelve a cargársela al hombro.

El círculo de luz se ha hecho cada vez más grande, hay una acera, una calle, edificios, pero se va, va a irse.

-No... -ruego alcanzando su espalda con mis manos vacías-. No te vayas.

Se gira, acaricia mi frente con su boca serena y susurra:

-No hago falta aquí -sonríe con tristeza-, estás curada.





(me desperté ahí, sientiéndome completa y sola)

29/12/09

desperté
con el sello de tu boca
estampado en mi cintura

11/10/09


-Estuviste en las puertas de mi casa -me increpa y el dolor de su mirada me encoge el corazón-, estuviste en las puertas de mi casa, habías venido a buscarme.

-No... -susurro sin saber si digo toda la verdad. ¿Había ido a buscarlo? Pasar por delante de nuestra catedral era una señal por mi parte, y estaba claro que había sentido el miedo agarrarse a mis costillas cuando se apagaron todas las luces de la plaza y escuché el agua correr por las calles mientras miraba el tímpano del juicio. Pero no creí que él pensase que aquello significaba un sí después de tantos años.

-Te escuché... -insiste dando un paso hacia mí y alargando su mano a mi mejilla. Cierro los ojos-. Te escuché dudar...

21/9/09


Era un banco como otro cualquiera, pero se invertía en las cuentas de los demás la mayoría de las veces. Allí se depositaba cariño en personas y cosas. Atravesé la puerta mientras repartía sus ingresos en los nombres de sus amigos y me sentí terriblemente vacía.

28/7/09


Paseé bajo pérgolas repletas de hojas verdes en calles estrechas de un pueblecito de Grecia, el sol se filtraba inquieto entre las ramas salpicando la piedra de estrellas diurnas. Después fui una muchacha de vestido negro y pelo recogido, presa en la casa de un caballero inglés al que no amaba, perdida siempre en las azoteas, en los altillos, buscando cómo escapar; y era dos, y me ayudaba a mí misma, pero los ratones me amenazaban los tobillos en las sombras de la casa. Era amazona planeando las tácticas de ataque contra el campamento enemigo, tenía miedo. En el bosque mis pasos se escuchaban amortiguados por las plantas verdes y húmedas, detrás de cada tronco un hurón negro amamantaba a sus crías, ni siquiera me miraba. El tacto de la madera era frío y rugoso, cuando buscaba refugio entre su cuerpo delgado. Al final abrí los ojos sobre mi cama, en la semipenumbra, agotada de tanto viajar.

24/6/09


Arrasó sin contemplaciones, con su boca, el camino acostumbrado desde mi clavícula a mi mandíbula de gacela.

-¿Has descubierto ya que nadie te va a querer como yo? -murmuró con sus labios rozando levemente mi oreja.
Asentí ofreciéndole mi cuello de nuevo, consciente de que sólo tenía aquel momento.

-Entonces -insistió-, ¿por qué no vienes ya conmigo? -trató de seducirme acariciándome con su nariz perfecta.
-Porque no quiero morirme todavía -gemí imparcial, sintiendo su frustración contra mi pecho, consciente de que volvería a marcharse, de que volvía a elegir quedarme sola. ¿Qué ocurriría cuando cediese por fin?

4/6/09


Escapo, mientras la noche cae en el pequeño pueblo de costa y piedra, de calles difíciles en estrechuras hacia los acantilados. La oscuridad de pronto lo inunda todo, se escuchan mis pasos por una cornisa delgada sobre las olas rugiendo contra las rocas. Levanto la vista al mar negro y una isla se recorta de montaña, con construcciones como linternas titilando en un tenue amarillo que salpica las ondas distantes del horizonte. En la distancia un arco gótico se eleva al cielo, los pilares hundidos en el agua oscura, como tiniebla esquelética de elegancia frente a una luna llena gris que ensombrece el mundo. Y comienzan a cruzarse entre mis pies las sombras de columpios volando, girando, sobre mi cabeza, cegándome antes de entrar al túnel estrecho donde no sé lo que me espera.

6/7/08


Abrázame muy fuerte,
he soñado que tenía roto el corazón.

3/6/08


Mi hijo tiene el pelo corto y, cuando duerme, el sudor le besa los pequeños mechones rebeldes. Respira tan acompasado sobre mi pecho, que me hace sentir asfixia su profundidad. Se tumba en mí, como si fuese una barca, y se enreda en mis rizos como cabos. Busca, poco a poco, en la inconsciencia, el nido de mi cuello para apoyar su frente tranquila. Y sus piernas se resbalan en mis piernas, cayendo como fardos hipnotizados. Sus bracitos tiernos se recogen sobre mi pecho derecho, con las manos semicerradas de deditos dulces. Yo no puedo resistir, perderme en su frente tersa que a veces se arruga llevada del sueño. Sus labios gruesos, entreabiertos, dejan salir bocanadas de aire que no quiero interrumpir con mis suspiros.

-Si quieres lo llevo a la cama.

-No -murmuro mirando a mi príncipe durmiente.

Y no puedo decir en voz alta las palabras que siento: "ojalá durmiese siempre sobre mí".






(Cuando me he despertado, es fácil suponer lo sola que me he sentido)

26/5/08


La primera parte del sueño la recuerdo borrosa porque me desperté y después volví a dormirme. Al principio iba a casarme, sí, era el día de mi boda. Llevaba un vestido como de princesa, era bonito y también vaporoso. En la boda pasó algo que me hizo escapar: le preguntaron a él si me cuidaría para siempre, y él respondió que no sabía si sería capaz de hacerlo. Entonces yo salí corriendo de la iglesia sintiéndome traicionada, no sé si lloraba o simplemente el sentimiento de rabia hacía que las lágrimas no saliesen de mis ojos. Yo volvía a tener el pelo largo y bonito. Vi un tren y corrí para montarme en él. El vagón estaba lleno de gente, recuerdo un anciano, una familia, un muchacho y mi inexistente amor perfecto. Me miró compadeciéndose de mí y me preguntó en voz bajita cediéndome un sitio a su lado: “¿Qué te pasó?”.“No me quería lo suficiente”, le respondí. Me dijo algo sobre lo guapa que estaba que me hizo sonreír. Yo apoyé la cabeza en su hombro y me sentí reconfortada.

Después estaba soñando algo absurdo. Una amiga y yo, o en realidad era yo misma en dos personas, cosa que no es raro que me pase en los sueños, estábamos jugando en la puerta de un bar con los vasos que se habían quedado fuera. De algún modo estábamos preocupadas porque en mi pecho fluía la sensación de persecución, de tener que esconderme un poco. De hecho intentábamos crear un ejército de cristal que nos protegiese porque parecía que podríamos hacer magia. Pero en ese momento un hombre alto y calvo, como un gorila fornido y malhumorado, terriblemente amenazante, derribó de una patada todo lo que estábamos haciendo. Nos sentimos aterradas, al parecer nos habían encontrado por fin o esa actuación haría que nos encontrasen. Pero ya no éramos dos, ya era sólo yo. Cuando más amenazada me sentía, apareció de nuevo él, mi inexistente amor perfecto, alto, moreno, con el pelo relativamente largo cayéndole sobre las orejas, los ojos oscuros, los hombros anchos, el pecho erguido, en su rostro había una mezcla de total seguridad y de enfado. El gorila intentó golpearlo en el pecho, pero se hizo daño en la mano al hacerlo y se quedó quejándose de vuelta al bar. Él me tomó de la mano y me llevó hasta la carretera. “Ven conmigo a casa”, me dijo, y yo me hundí en su abrazo, dejándome embargar por su olor perfecto, repleto de seguridad y promesas cumplidas. Él me señaló con la cabeza un coche de caballos dorado y hermoso que yo al parecer ya conocía. “Vámonos a casa”, me rogó de nuevo, “déjame cuidar de ti”. Yo me sentí obligada a separarme un poco de él. “¿Todavía no puedes venir?”, me preguntó leyendo en mi rostro la indecisión. Por un lado quería disfrutar de esa seguridad para siempre, quería disfrutar de su presencia tranquilizadora, de su amor universal que me hacía sentir la persona más valiosa del mundo; pero por otro lado tenía que demostrarme algo a mí misma, no sé el qué, pero tenía que quedarme y seguir sufriendo el mundo un poco más. “Aún no puedo”, susurré y lo miré a sus ojos negros y hermosos. Me volvió a recoger entre sus brazos y me apretó con fuerza, pero sin llegar siquiera a hacerme daño. Me besó en la frente lentamente, yo cerré los ojos para disfrutar al pleno aquella emoción. Cuando los abrí me encontraba de nuevo sola en la calle, no había carruaje, no había nadie. Pero sabía, con una claridad que no sabía si me molestaba o no, que en el momento en que lo necesitase, en el momento en que de alguna manera me sintiese amenazada por el mundo, él volvería a estar ahí, librándome de todo, invitándome a volver a casa, a volver con él.

Me he despertado embargada de esta total seguridad, casi no he podido reaccionar para nada más que para regodearme en esta sensación de estar protegida, de ser amada de una manera tan desinteresada.




Siempre que sueño con él se me desarma el mundo y se me despierta la sed.

31/3/08


Subí al cercanías y busqué un asiento en el concurrido vagón. Lo prefería mirando hacia el mar, que se asomaba a veces durante el trayecto, pero no iba a ponerme delicada. Me senté por fin y respiré feliz pensando en los planes que me esperaban aquella tarde. Abracé el bolso sobre mis rodillas y busqué La voz a ti debida de Salinas que estaba releyendo. Saqué también el lápiz para anotar todo lo que se me fuese ocurriendo, como suelo hacer cuando leo poesía. Reparé entonces en un muchacho sentado frente a mí, de vez en cuando levantaba la cabeza como pensando, tenía un cuaderno abierto y anotaba cosas. Siempre me ha llamado la atención lo que la gente hace en los trenes, y sentía la tentación de levantarme y disimular hasta poder leer lo que escribía.

Salinas estaba allí, llamándome como siempre, y en el momento en que comencé con el primer verso me olvidé del tren, del mar y del chico del cuaderno. Las palabras del poeta que escribió tanto para mí tienen ese efecto cautivador que me hace alejarme de todo.

Levanté la cabeza una parada antes de la mía y terminé de apuntar cuatro cosas junto a un verso, guardé el lápiz y el libro y me levanté en el vagón atestado. No me había dado cuenta de que se había llenado tanto. El muchacho seguía allí, aún escribiendo, reparé en que ahora parecía tener más prisa, quizá llegaba, como yo a su parada. El tren hizo un movimiento brusco antes de detenerse en mi andén. Escuché entre el bullicio el rasgado de una página, la marea me arrastró y yo la seguí.

Cuando estaba a punto de abandonar el vagón alguien me agarró la mano y tiró un poco de mí. Me sobresalté y volví la vista. El muchacho que había estado escribiendo sujetaba mi mano y sonreía, pero no pudo sostenerme demasiado. Noté que dejaba algo en la palma de mi mano y me soltaba. No supe reaccionar ni responder. Él me miraba a través del cristal y yo estaba clavada en el andén. El tren siguió su camino y se lo llevó.

Levanté mi mano como si no me perteneciese y la abrí. Allí había un papel mal doblado, una hoja de libreta. ¿Todavía se llevaba eso de dar el teléfono a los desconocidos? ¿Sería su dirección de email? Desdoblé la nota nerviosa, porque estas situaciones siempre me hacen sentir insegura, y descubrí un texto largo y un pequeño boceto. Mi corazón se paralizó momentáneamente. Aquella era yo, con mi gabardina, abrazada al bolso, leyendo en un rápido trazo a bolígrafo, se me veía feliz. Los ojos comenzaron a llenárseme de lágrimas y no me di cuenta. Leí: Tienes el pelo recogido en una coleta que deja tu cuello largo al descubierto, pero tú no te das cuenta de cómo tus rizos cortos se van escapando para retarse a rozarlo. Te comes las uñas, aunque luchas contra ello y tienes las manos pequeñas y delgadas, no demasiado bonitas, pegadas a un libro que devoras ajena a todo. A veces se te curva la boca en una sonrisa dulce y suspiras silenciosamente antes de anotar algo con fruición. Hay palabras con las que tropiezas constantemente, porque vuelves sobre ellas sedienta y tus ojos se llenan de lágrimas invisibles que no sabes controlar. Te ves preciosa luchando así con las palabras. El lunar de tu barbilla tiembla si subrayas algo emocionada y tus dedos largos pasan de página nerviosos, hambrientos, cuando calculo que has dejado un poema a medias. Ahora, has levantado los ojos, pero no me has visto. Has buscado el mar con la mirada, paladeando un sentimiento que se me escapa pero te hace parecer muy frágil. Has estado un momento así, en otra parte, mordiéndote el labio, con el libro desmayado en tus rodillas. Deshaciéndote de todo has vuelto a ti, desde esa otra tú, ya repuesta, sonriente, y has seguido. Y yo he seguido, espía de tus milagros, leyendo en ti.

El andén está vacío. Y el corazón me sabe a gorrión. Casi no puedo recordar su rostro, sólo su cuaderno. Tirito un poco. Y me despierto dolorida por dentro.

31/10/07


Estaba embarazada. Lo sabía desde hacía poco tiempo. Tres meses y la barriga casi no se notaba. Lo notó el zorro que siempre iba conmigo y que me hablaba de mí misma. Él fue el primero en darse cuenta y en lamerme la mano cuando concibió mi pánico. Allí, en nuestra guarida, en nuestra caja de zapatos al anochecer, durmiendo entre papeles, sentados en un botón. El terror me había recorrido la médula espinal al descubrirlo. Él se enteraría, me buscaría aún con más ahínco y finalmente daría conmigo. Estaba segura.
La espera no se hizo demasiado larga. Andaba por el césped en los jardines del campus, de camino a otra de las reuniones en las que intentaría averiguar más cosas sobre el zorro que conocía mi alma. Una luz amarilla cubrió por completo al animal, como un foco trágico de teatro, en picado, y tras gemir y removerse mirándome con sus ojos cristalinos, expiró sobre la hierba alargando sus patitas hacia mí. Él me había encontrado.
Comencé a correr con el corazón loco de terror y llegué a uno de los barrios de las afueras de la ciudad. La marea comenzaba a subir en los canales y todo se teñía de grises y negros. Había unos barriles y me acurruqué detrás de ellos a pensar en mi pérdida. Mi barriga era tan normal, tan como siempre, que parecía mentira que pudiese estar embarazada. Unas voces surgieron de la taberna y todo mi cuerpo se tensó, alerta. Eran ellos, eran sus hombres. ¿En qué estaba pensando cuando decidí dirigirme a ese lugar? Los latidos de mi corazón me delatarían en cualquier momento. Sólo tenía dos opciones, correr y lanzarme al mar o confiar en mis pies y volver a la carrera por donde había venido con la esperanza de que aquellos hombres no pudiesen darme alcance. Cada vez estaban más cerca. En ese momento comencé a ver las velas de un barco pirata que atracaba en el puerto frente a la taberna. No parecía una de sus naves. Quizá encontrase socorro en su interior.
Me lancé a la carrera y salté al interior del barco. Los dos hombres me vieron y corrieron en pos mía. El capitán del barco era una mujer, rubia, de pelo rizado. A gritos me pidió que me identificase mientras me apuntaba con su sable. Las palabras no salían de mi boca. La miré desesperada, miré hacia atrás a los hombres que me perseguían y volví a mirarla. Ella lanzó un gruñido, arrugó el ceño y se encogió de hombros.
-Corre hacia la parte de detrás.
Ella sola se lanzó a la pelea con aquellos hombres que me seguían, dándome la posibilidad de saltar a la calle que salía detrás del barco. No sé por qué lo hizo. No sé si nos conocíamos quizá de otra vida, si nos debíamos algo. Si me ayudó por ser una mujer o si sabía que esperaba un hijo. En realidad no lo pensé demasiado y me lancé a la fuga.

Encontré, en un parque lleno de árboles enormes, un balcón en el que acurrucarme a descansar. Pronto se haría de noche y no tenía a donde ir. No podía volver a mi casa. Seguramente él ya la hubiese tomado. Los canales no eran ya un lugar seguro para mí y sólo me quedaba esperar que durante la noche detuviesen la búsqueda. Estaba comenzando a quedarme dormida cuando escuché las voces debajo del balcón, a mi izquierda. Me asomé un poco y vi que dos de sus hombres estaban rondando el parque buscando en todos los rincones. Aquel lugar ya no era seguro. Me asomé por mi derecha y observé que el muro que rodeaba el parque, aunque ancho, estaba demasiado lejos para servirme de pasillo, tendría que saltar al suelo y confiar de nuevo en mis pies. Otro de los hombres se aproximaba con sigilo por el corredor que quedaba entre el muro y el balcón en que me encontraba. No había tiempo que perder, aún no me había visto. Salté y sin pensar en el dolor de las piernas al correr, bajé la cuesta de tierra ansiando encontrar la puerta del parque abierta aún. El hombre me vio y gritó a sus compañeros para delatar mi posición.
La puerta estaba abierta y pude salir por ella y continuar corriendo por la acera hacia abajo, un grupo de muchachos jóvenes cruzaban el semáforo y me agarré a la esperanza de que pudiesen ayudarme. Al fin y al cabo era una mujer en apuros, con unas lágrimas y una mirada de desesperación lograría que hiciesen frente a mis opresores. Me lancé hacia ellos y con pocas palabras les dije que unos hombres intentaban hacerme daño, que me estaban persiguiendo y que estaba aterrada. Los chicos me miraron sopesando la situación. Entonces los primeros hombres salieron del parque y comenzaron a gritar para detenerme. "Por favor" murmuré. Más personas se estaban reuniendo en el semáforo sin saber muy bien lo que estaba pasando. Entre ellos había un chico enorme, de pelo claro y ojos verdes. Me daba la sensación de que estaba formado por líneas rectas, sus hombros anchos, su cabeza cuadrada. Su miraba delataba que me conocía y eso me aterró de nuevo.
Tenía que volver a escapar. Mis perseguidores debieron notar mis intenciones porque se lanzaron contra mí sin tener en cuenta a los muchachos. Estos, sorprendidos por el arranque violento de los hombres, soltaron las carpetas que llevaban en las manos y se dispusieron a defenderme. No sé lo que pasó, enfilé la calle y comencé a correr siguiendo el muro del parque.
-¡Patricia, espera!
El muchacho enorme de líneas rectas corría detrás de mí. ¿Me conocía? ¿Quién era? ¿Por qué sabía mi nombre? ¿Debía pararme o seguir huyendo? Obedeciendo a un impulso me detuve y lo esperé en posición de defensa mientras recuperaba el aliento. Él se detuvo a unos pasos de mí.
-No te asustes, joder, Nuria me ha hablado de ti. Me contó lo que pasaba. Hay dos hombres más esperando al final de la calle. Te atraparán si continúas por aqui.
A su espalda veía la contienda que los muchachos y mis perseguidores estaban teniendo. Aquello era un callejón sin salida. No tenía ningún camino que tomar. Miré al chico de líneas rectas a los ojos verdes y me mordí el labio desesperada.
-Ese es mi coche-, me dijo señalando un auto gris aparcado a su izquierda- puedo llevarte a casa.
En ese momento un grito a mi espalda me hizo saltar de terror. Los hombres que me esperaban al final del parque se habían cansado de aguardar y venían hacia nosotros. Miré de nuevo al muchacho y después corrí hacia su coche. Abrió rápidamente y me metí en los asientos de atrás.
-Túmbate. No sabemos cuantos más hay en la zona-. ¿Dónde vives?-Me preguntó una vez que salimos con ruido de ruedas de aquella encerrona.
-No puedo ir a mi casa-.Susurré conteniéndome y me agarré la barriga.


Estábamos en una caja de nuevo. Escuchaba a los hombres recorrer las calles buscándome. Me sentía como un soldadito perdido en un laberinto lleno de enemigos.
-¿Quién te busca?- Me preguntó el hombre cuadrado.
Suspiré y le conté que hacía dos meses me había largado de casa de mi marido. Mi marido era el pirata que controlaba toda la ciudad y no había consentido que me marchase. Le dije que en realidad me había escapado de mi cautiverio. Yo no le quería. Él me poseía. Cuando el médico me dijo que estaba embarazada me di cuenta de que si hasta entonces las persecuciones habían sido el pan de cada día, ahora no tendría lugar en el que meterme. La red de contactos de mi marido era increiblemente poderosa, se enteraría de que esperaba un hijo suyo y no descansaría hasta encontrarnos.
-Ahora que me has ayudado has firmado tu sentencia de muerte.
Levanté mi camiseta y miré mi barriga plana como siempre. ¿Cómo podía haber ahí nada de vida?