-Porque prefiero morir que tener miedo a la muerte -dijo.
Yo me quedé observándolo. Estaba tumbado boca arriba, con medio cuerpo fuera de las mantas. Hablábamos en voz muy baja y hacía rato que yo me había sentado en la cama para verlo mejor en la semioscuridad.
-¿Y prefieres vivir a tener miedo a la vida? -pregunté utilizando su extraño razonamiento.
-Tú no lo entiendes -me dijo incorporándose lo suficiente para tirar de mí-. Tu no tienes miedo a nada.
-Sí, sí tengo miedo a cosas... -intenté corregirlo, mirándolo desde muy cerca, pero se rió como un lobo.
-¿A los fantasmas y a los ruidos? -bromeó enterrando su boca en mi cuello.
-A tus pensamientos extraños -confesé y él me apartó un poco irritado.
Acarició mi frente retirando los rizos que me caían sobre los ojos y dejó su mano ahí, como un torpe pasador sobre mi oreja.
-¿De dónde has salido tú? -inquirió como si yo no fuese capaz de escucharlo.
-De tu cabeza -bostecé removiéndome para que me soltara y aferrándome a su pecho con un bostezo-. Creo que he salido de tu cabeza -repetí.