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2/4/11

 -Cuando era pequeño me daba miedo fantasear con el futuro, era incapaz de imaginarme con treinta años y feliz. Así que sólo podía imaginar para encontrar la paz que, con suerte, me moría antes de llegar a esa edad. 
 -Pero eso es muy triste para un niño.
 -Es muy triste para cualquiera. 

31/12/09

vamos a contar mentiras

¿Hago repaso? ¿Me propongo cambios? ¿Apostamos algo? ¿Pronostico cómo acabará el año que empieza esta noche? ¿Sigo haciendo preguntas hasta que se me acabe todo lo que contar?

Hoy no hay versos pequeños. Hoy tengo demasiado que decir.

A veces piensas que tienes la vida resuelta, que todo irá bien, que ya sólo te queda acomodarte e ir construyendo un futuro más o menos agradable en el que estás dispuesto a aceptar todo tipo de renuncias. Supongo que los que estuvieron en el nacimiento de este blog conmigo saben de lo que hablo, entienden todas las señales que yo di y que no quise mirar.

Hoy he releído los últimos tres años de mi vida. A veces parece que fue ayer, a veces parece que no fue nunca.

Sueñas, proyectas, propones… Yo lo hacía a ciegas, porque tenía que engañarme para sobrevivir, no podía abrir los ojos a mi vida y descubrir simplemente que estaba vacía.

Afortunadamente cuando tú no eres capaz, el otro sí.

Algunas noches todavía me despierta el ruido de cristales. Puedo enseñaros una cicatriz poco heroica en el centro de mi pecho.

El 2009 ha sido una putada.

Simplemente.

Desnuda, a la intemperie, herida, desolada, aterrorizada. Comenzó más o menos así… después incluso empeoró un poco…

No había llegado la primavera cuando todo lo que había construido no servía para nada. Muchas veces había deseado eso de borrón y cuenta nueva, muchas veces había fantaseado con la posibilidad de perderlo todo, nunca había sido consciente de que junto a la inmensa libertad, viviría mi historia.

Nunca he perdido la memoria.

Abel señaló que pisaba buen suelo tras cierto poema. Era cierto. Las personas como yo no aprenden rápido, pero sí aman rápido.

La libertad, mi historia, la fe y el amor me vistieron de esperanza. Pero no de paciencia.

Me puse de pie, sobre el suelo, desde el pozo, en el desierto, en pleno martes, tras intentar ahogarme a mí misma, de pie. Miré el mundo y era hermoso, es hermoso.

Comencé a caminar sin saber muy bien hacia donde. Comencé también a refugiarme en los que siempre habían estado ahí, a pesar de todo, y en los que se prestaron a acogerme. Di amor, pero intenté no recibirlo.

Cuando estás rota por dentro, cualquier muestra de afecto es más dolorosa que la herida.

Amé, con todo mi lastre, con todo mi miedo, con valentía del que ya no tiene nada que perder. ¿Qué riesgo existía para mí que no tenía nada, que estaba desnuda, que sólo podía apostarme yo?

Lo habéis leído, me quisieron. A veces con palabras, a veces con acordes, incluso fui canción. Creí que por fin tenía el amor de los poetas o algo que se le parecía tanto que me hacía enloquecer de alegría, de pánico y de besos.

Miné mi pecho. Supongo que era de esperar. Me cambiaron la vida, todo estaba cambiando, estaba cambiando yo a pasos tan agigantados que de pronto no sabía dónde encontrarme. Me cansé de ser fuerte muchos días y lloré. Lloré con pena de mí misma, aunque no quede elegante.

Mentí, fingí, incluso a mí para no recordarme la completa soledad que me aferraba fuerte las manos.

No he sido buena chica conmigo muchos días.

Pero seguía caminando, no me he parado. Aprendí que el sufrimiento era optativo y acepté mi pena, abracé mi tristeza con serenidad, he dejado de hacerme la guerra, sólo me quema las fuerzas y me agota.

No me abandoné al dolor, creo que no sabría hacerlo, hay vida dentro de mí y sueños y Dios.

Me corté el pelo queriendo y el amor sin querer. Lo del pelo me salió mejor, lo otro regular, porque sigo amando.

Los versos pequeños vinieron porque me daba miedo enfrentar el dolor con párrafos. No son frases geniales, no son poesías, a veces son sólo gritos, a veces son susurros, últimamente son declaraciones de intención.

Estoy a medias. Estoy herida. Agradecida. Buscando la manera de ser feliz, porque no la encuentro en ningún sitio. Aceptando mi soledad sin fecha de caducidad. Amo desde lo que soy, porque no sabría dejar de hacerlo.

Si algo salva mi alma, son los verbos y esa capacidad idiota para seguir queriendo, a pesar de todo, a pesar de mí.

El 2009 ha sido una putada y el 2010 va a seguir siendo lo mismo. No es pesimismo, tengo pequeños milagros que me devuelven el pulso a diario. Pero entendedlo, cuando te rompen, cuando te vuelan, por mucho que quieras soñar, por mucho que quieras, no puedes seguir confiando en la belleza.

10/5/09


-Papá, creo que hay alguien debajo de mi cama -afirmé irrumpiendo en el salón con mi pijama de entretiempo y el corazón en un puño. Había bajado a oscuras todas las escaleras de casa porque eran mucho menos aterradoras que la sensación de tener a alguien debajo, a un colchón de distancia.

Mi madre dirigió a mi padre una de esas miradas de "ve tú", y me sonrió con ternura. Mi padre es un hombre alto y grande, con barba negra y ojos alegres, un salvador perfecto en cualquier circunstancia. Él encabezó la marcha de vuelta a mi dormitorio.

-Cariño, no pasa nada, en casa no hay nadie -tratada de convencerme durante nuestro ascenso con su voz más dulce y serena-. En casa sólo estamos mamá, papá, Javi y tú. No hay nadie más, mi vida -continuaba mientras alcanzábamos el rellano del final y encencía la luz de mi dormitorio.

Casi puedo ver todavía el recorte cuadrado y amarillo sobre el suelo de mármol oscuro del pasillo. Mis piernas pequeñas andaban más despacio y el miedo también me agarraba los pies.

Contemplé mi dormitorio desde el quicio de la puerta, si tenía clara una cosa aquella noche era que, hasta que mi padre no solucionase el problema del tipo debajo de mi cama, yo no iba a volver a entrar a esa habitación. Así que lo miraba todo con ojos muy abiertos.

Mi padre cruzó el dormitorio, la distancia en el recuerdo me parece inmensa, regodeándose en su discurso tranquilizador:

-Ves mi vida, aquí no hay nadie, tú tranquila, cariño -afirmó con convencimiento mientras se arrodillaba junto a mi cama y mi corazón trataba de escaparse de mi pecho. Mi padre levantó la colcha, dobló el cuerpo, agachó la cabeza, la metió debajo de la cama y...-. ¡¡¡¡¡Ahhhhhh!!!!! ¡¡¡¡Socorro!!!! -comenzó a gritar fingiendo que alguien tiraba de él para llevarlo debajo de mi cama, moviendo los brazos y los pies espasmódicamente, congelándome el alma.


Mi recuerdo acaba ahí. Hasta los trece años dejaba las zapatillas a dos metros de la cama, cogía carrerilla desde la puerta, corría y saltaba sobre el somier con los dedos de los pies encogidos.

30/4/09


Mi primer amor, que yo recuerde, se llamaba Antonio. Era moreno y delgado, debía tener cuatro o cinco años y siempre hacía de líder en los juegos del grupo. Jugábamos a las aventuras y yo me dejaba rescatar.


Después me enamoré de Pablo. Llegó al colegio cuando yo estaba en segundo y tenía el pelo rizado y negro. Era un poco más alto que yo y se peleaba con Alejo, a golpes, por mi amor. En una de las peleas de mis dos machos, me llevé una bofetada perdida que me sentó de culo.


Llegó Alfonso a clase en quinto. Era alto y delgado, con el pelo lacio y castaño y los ojos inteligentes. En la mejilla izquierada, creo, tenía una cicatriz de puntitos varios, a mí me parecía hermosa. Por aquel entonces yo jugaba en los recreos con los listillos de la clase. Charlábamos y dábamos vueltas a un árbol intentando no caernos, si Alejo no venía a darme una paliza de amor, lo pasábamos bien. Alfonso era el gran amor de mi vida. Sólo estuvo allí un año, pero yo seguí soñando con él unos cuantos más. ¡Cómo lloré cuando me enteré de que se iba!


Ese verano conocí a Pericles en mi primer campamento. Mis padres eran monitores y por eso yo me apuntaba. Pericles tenía el pelo castaño, lleno de rizos. Su nariz era perfecta y su cuerpo moreno y delgado trepaba a los árboles. Yo me hacía la interesante con mis pantalones rojos y él me acorraló con su arco y sus flechas en una terraza, pero creo que ni siquiera reparó en mí. Desde entonces mi corazón se disparaba si creía verlo en alguna feria, en alguna fiesta, en algún lugar.


Después nos mudamos. Gracias a Dios yo no estaba muy enamorada de nadie por aquel entonces, así que sólo se me rompió el corazón por dejar mi niñez.


Me enamoré a los pocos meses de llegar. Se llamaba David y estaba a punto de dejar el instituto porque no le gustaba eso de estudiar. Mi amiga Alicia me odió por conquistarlo y con él me besé por primera vez, tres veces, en un escalón durante el invierno. David será siempre mi héroe porque no tuvo ningún pudor a la hora de parar al chico del colegio que me molestaba para cantarle las cuarenta: "¿La ves? Es mi novia, y como me entere de que le dices algo...".


Sentí atracción por algunos amigos, pero nada serio. Quise intentarlo de verdad con mi mejor amigo de la época, Kiki, pero después de darnos la mano jugando a las tinieblas, decidimos que aquello no tenía ningún sentido.


Elena y yo nos peleamos por David. Él la prefirió a ella y yo casi no podía soportarlo. Pero al final se quedó todo en algo como nada. Dejamos de ser las amigas de antes.


Manolo me pareció un gigante la primera vez que lo vi. Él decía que nada más verme había pensado: "esta chica es para mí". Siempre le ha gustado tener la última moda y yo era nueva en el pueblo. Después de que me abandonase por otra volvimos a salir juntos durante los diez últimos años.


En ese tiempo, lógicamente, volví a enamorarme, cada dos por tres, aunque no solía ceder durante mucho tiempo mis sentimientos a otro. Un verano me quedé prendada de otro muchacho de pelo rizado y moreno, sabía tocar la guitarra y miraba a los ojos al hablar, yo era carne de cañón y mi corazón era de mariposa. Acabamos enfadados durante el invierno, pero habría huído con él, aunque nunca nos dijimos nada.


Durante la carrera me enamoré de Carlos y del chico del jersey rojo. El chico del jersey rojo fue mi gran amor durante dos años. Incluso escribía sobre él y le dedicaba canciones mentalmente cuando nos sentábamos juntos en la biblioteca, pero nunca hablamos. Recuerdo el día en que Manolo apareció en la sala de estudio y el chico del jersey rojo dejó de sentarse cerca.


Desde hace dos años, cuando me enamoro no digo nombres, no me lo digo, me doy un pellizco en el corazón y me muerdo la lengua.


Ahora ando tras el camarero de un bar, pero nadie me lo recomienda. (Nuria se estaría riendo de esto)

26/4/09


Había dado un golpe tremendo por culpa de las sandalias nuevas, esas dichosas suelas se escurrían como lombrices de tierra entre mis manos de niña. Las rodillas, huesudas y molidas de cardenales, lucían dos rosetones brillantes de sangre inocente. Carmen me miraba con ojo de experta:
-Si te sale otro moratón de ésta, le ganas a Sara -comentó concentrada.
Sara y yo apostábamos a ver quién tenía más cardenales en las piernas.
Me senté en el bordillo de la acera y me miré las heridas calientes. Picaba y satisfacía el protagonismo. Como todos los niños, saboreé con mi lengua la sangre para curar la herida. Después, bajo la sombra delgada de Carmen, comencé a soplarme las rodillas.