10/1/11

nadie está a salvo
los héroes han dejado
de construir ciudades
en lo alto de los montes.

7/1/11

circus
hay un circo a las afueras de la ciudad
cuando diluvia, sus luces tititlan con fuerza
-su cadena de luces abombilladas sobre el azul de la carpa-
yo no puedo quitarle los ojos de encima
me parece triste y valiente, desafiante,
como los niños huérfanos, los atardeceres,
o mi incapacidad para abandonar.

5/1/11





edición limitada por reyes palabras de usar y tirar 
por si alguien lo quiere regalar, aquí están las dos hojas que componen el poemario, la única complicación es doblar y recortar, elegir cartulina y grapar.

¡que los reyes os traigan carbón del dulce!

4/1/11

me descubro 
espinas diminutas en la piel
restos de barcos
de ramas
de invernaderos cabizbajos
y ando
desnuda y descalza
cantando
la física y la poesía no se riñen
por eso calculo tu frecuencia
en el ábaco de mis dedos
y extrapolo fórmulas para adivinar
la continuidad de tu sonido
en el tiempo
(a veces me incendiaría en tu voz
para hacer mis cuentas con fuego)

3/1/11

 -La física y la poesía no se riñen -me dices ayudándome a argumentar ideas para el próximo poema y yo me quedo a cero.

2/1/11

creo que reto superado (abel y yo, jugando con palabras, acabamos proponiéndonos escribir una historia, esta es mi versión de los hechos)

Habíamos llegado a ese punto en que las discusiones más absurdas –si la mermelada se llamaba compota, no, se llama mermelada, en mi casa siempre se ha llamado compota, en tu casa siempre habéis llamado a las cosas con nombres absurdos, yo no he dicho nada de las costumbres absurdas de tu casa...- se convertían en auténticas batallas campales. Me había vuelto a retrasar en la última intervención en el quirófano. Una hemorragia imprevista nos había complicado lo que se programó como una operación sencilla y llegaba tarde para la cena. Sentía mi cabeza cargada como las tripas de un submarino mientras conducía de vuelta a casa. No podía evitar que me horrorizase la idea de llegar para volver a enzarzarme en una serie de justificaciones anodinas que sólo servirían para disimular que nada iba como antes. ¿Pero cómo iban las cosas antes? Reconstruir la prehistoria de nuestra relación sólo me hacía tropezarme con el típico cualquier tiempo pasado fue mejor, así que prefería claudicar en esa empresa y enfrentarme a cada nueva pelea como si siempre nos encontrásemos a una míriada de la reconciliación. Esa reconciliación mágica que nos haría comprar billetes de tren a la conchinchina y convertiría todas nuestras cenas en merengue. Pero no eran merengue, me hubiese dado igual cenar centollo que colágeno, todo me sabía a mercromina, todo parecía llenarme la boca de arena. Quizá por eso al final sólo hablaba de gilipolleces. Intenté recordar la última conversación en la que habíamos estado de acuerdo y me horroricé al descubrir que sólo habíamos coincidido en la necesidad de una nueva aspiradora. Bajé por la rampa en forma de tirabuzón que conducía a la tercera planta del garaje del bloque de pisos en los que vivíamos desde que nos habíamos decidido a compartir algo más que los fines de semana. Odiaba aquella rampa. Odiaba tener la sensación de que iba a dejarme medio coche en la última curva. Nos habían engañado con el parking. Apagar el motor eliminó uno de los ruidos molestos que me iban acompañando. ¿Qué iba a decir? Respiré profundamente y agarré mi chaqueta antes de salir. Me dirigí hacia la puerta que llevaba a los ascensores y me sorprendí al encontrar, como una sonrisa abandonada por capricho, una raja de sandía meciéndose sobre el suelo gris de la cochera. Como un idiota me quedé mirando el rojo húmedo de la fruta, me pareció gracioso verla allí, como si estuviese esperando también a que pasase algo. No pude evitar acordarme de nuestro primer viaje como pareja, cuando accedí a su sueño tropical de la isla Pelícano  y nos cayó una tormenta como un demonio que nos obligó a estar encerrados en el hotel, gritando rayos y centellas y comiendo sandía como dos niños abandonados. Cuando todavía me resultaba cómico que dijese estupideces como “repámpanos” o empeñase su tiempo libre en novelas rosa forradas con hojas de periódico. Se apagó la luz del parking. Yo seguía allí, con la chaqueta sobre el brazo contemplando la sombra de la sandía, petrificado de pronto por la idea de que él no había cambiado, de que era yo el que me había convertido en un ser extraño, de que ya no disfrutaba con las cosas que antes obligaban mi sonrisa. ¿Qué me estaba pasando?


(aquí la versión de abel)

1/1/11

music-hall
hay palabras acunadas en mi oído
recitadas -no sé quién
quién las convoca-
al ritmo de le temps des cerises

dibujo círculos secretos e imagino

las letras se interrumpen en desorden
unas tras otras imponen su protagonismo
como si quisiesen iniciar un recorrido
-peregrinación sin par de las catástrofes-
partiendo de mi oreja hacia el latido
ingrávido de mi lengua adormilada

y estás aquí
y estás tan lejos

sácame a bailar, me dice el verbo
irregular en que adivino mi cintura,
los poetas, los poetas, amor,
intentan embriagarme con su vino
inútil, complicado
y mis pasos se tropiezan con sus versos
con la música en francés, con el deseo...

y estás tan lejos

tararéame, tararéame como ellos

31/12/10

doce
nada cambia
sólo el tiempo inalterable
-invento sutil de la derrota-
tratando de fingir cualquier victoria

no hay un año más
ni un año menos

hay un ya a cada segundo
un nuestro ahora
dispuesto a incendiar todas las vetas
de la derrota

-apaga el reloj y enciéndeme
que voy a entregarte
un mundo
sin horas.

30/12/10

fuimos niños salvajes cuando nos rompimos los dedos intentando querernos
aquello estaba bien tanta derrota
pero esto está mejor porque respiro
oficio de poeta
estoy escribiendo un poema para poderme acostar
(mi cama a veces se nos queda pequeña)
sorprendida 
te hice un camino de verbos
-como migas de pan diminutas
en cuentos tradicionales con brujas-
para que me encontrases en plena noche
o a medio día -cualquier hora me iba bien-
y pudieses sorprendente con mi risa,
con mi manera idiota de mirarte
como si acabases de existir por mi culpa,
o simplemente pudieses acampar en mí
todas tus faltas, derrotas y esperanzas.

Junté las mejores letras que tenía,
escribí sin torcerme, con la boca, cada sílaba,
lo hice siempre así,
convencida de que nunca ibas a llegar.

Y estás aquí
                  y me siento hablando en chino
                  y torpe y boba y tuya.