11/7/10

Ahora escribo tu nombres
con lápiz en todos los recortes,
para borrarte como Agathe
-para borrarte como Patricia
debería estar borrando el mundo-.



*

10/7/10

-No sé escribir historias de amor con final triste.
-Mi madre dice que con Jane Austen todos los romances funcionaban porque su vida amorosa era un desastre.
-Eso será.
He hecho un tour
por los nueve infiernos de Dante
buscando mi corazón
abrasado por tu culpa.


*

9/7/10

Ana se contempló en el espejo con aquel atuendo que jamás habría imaginado vestir. Repasó los minúsculos pantalones rosa palo y la blusita blanca que se ceñía a su cintura con fingida inocencia. Al final había decidido recoger sus rizos negros para dejar al descubierto su cuello, se preguntó si debía abrir un botón más de la camisa para dibujar otra perspectiva del escote y decidió desabrochar la pequeña perla privilegiada para comprobarlo. Por un segundo, al retirar sus manos y dejar al desnudo aquel instante de piel en semitransparencia, Ana se sintió una venus desaprovechada. Por eso se sonrió con urgencia y apartó aquel pensamiento de su imaginación con un guiño. ¿Qué importaba si las chicas la esperaban con un brindis preparado para despedir el último año en la facultad? ¿Qué importaba?
después de todo
seguía luciendo en la boca
sus ganas invictas de amar
dímelo en italiano, en chino,
en japonés...
dímelo en lengua muerta,
pero dímelo.



*

8/7/10

Raquel traía, contoneándose, la botella de vino que había comprado para aquella noche. La había descorchado en la cocina y sonreía de aquella manera inquietante que me erizaba la piel. Le tendí dos copas, pero sólo llenó una. Dejó la botella sobre la mesa y, besándome fatal, me robó la copa vacía para abandonarla también lejos de nosotros. Aquella era Raquel, aquellas eran sus maneras, su modo felino de ser, la fingida dulzura con la que todo se iba construyendo a su gusto, la bendita obsesión con acabar conmigo. Toda ella lo decía, aquel vestido, aquella boca entreabierta perfecta para susurrar en mi oído, para todo lo demás, lo gritaba su perfume: volvía a intentar envenenarme.

Le tendí la copa sonriendo, "por nosotros", dije, cediéndosela para que bebiese primero. Por un segundo abrió los ojos con sorpresa, fue un gesto casi imperceptible, al igual que la palidez que coincidió desde su cuello a sus mejillas y que pronto desapareció para ser sustituida por el rojo de la rabia.
-¡O bebes tú o bebo yo! -amenazó sujetando la copa sobre mi mano, los ojos endurecidos por la desesperación de haber sido descubierta de nueva.
-Bebe -sonreí acariciándole la mejilla con mi mano libre y sentí que si hubiese dejado mis dedos allí unos segundos más me habría devorado. Los ojos de Raquel se llenaron de lágrimas. Se sentía traicionada, por primera vez dentro de su modo agónico de ver el mundo, la estaba poniendo en peligro.
Me arrancó la copa de las manos con un movimiento que hizo ondear la falda de su vestido. Concentré mis ojos en su cuello mientras bebía con violencia. Hacía dos semanas que por fin había descubierto la cajita de plata donde guardaba su preciado veneno, hacía dos semanas que lo había cambiado por una sustancia inofensiva que recorría ahora la lengua de Raquel.

Terminó con los ojos cuajados de lágrimas y sujetó la copa, mirándome mientras esperaba los efectos. Su pecho subía y bajaba acelerado por la rabia, por la traición, por su respiración de fiera acorralada.
-Te quiero -sonreí al tiempo que Raquel descubría que nada surtía efecto.
-¡Idiota! -gritó estrellando la copa contra el suelo, antes de girarse para abandonar la sala con un portazo y tumbarse a llorar en la cama.

Aquella era Raquel. Mi Raquel. Cuánto la amaba, cuánto la deseaba.

7/7/10

-A veces pienso que por las mujeres como yo no lucha nadie -farfulla entre las sábanas, con las mejillas apoyadas en las manos, bocabajo y dramática. Levanto la ceja porque sé que le gusta y la veo girar para apoyarse en mi barriga. Su pelo me hace cosquillas en el costado por un segundo milagroso-. ¿Tú lucharías?
-¿Contra ti?
-Por mí...
-Contigo.


6/7/10

¿Cuándo se iba a dar cuenta? ¿Cuándo se iba a dar cuenta de que era yo, y no el idiota de Marco, el que la había rescatado de su maldito apartamento para llevarla junto al mar?
pensamientos de erizo
pensamientos de erizo
sobre la cama deshecha
sobre el pecho perdido
sobre el vientre vacío

5/7/10

Normalmente fingía que me tropezaba con ella, pero ya había aprendido la hora de su cigarrillo y buscaba una escusa para sentarme en el escalón a su lado. Aunque prefería pensar que no, sabía que se había dado cuenta de mi torpeza, de mis infantiles pretextos. Pero el hecho de que no me hubiese dicho nada, me hacía conservar la esperanza de que, en realidad, le gustaba mi presencia.

Desde aquella primera tarde de invierno en que me atreví a sentarme con ella, había memorizado cada uno de sus rasgos, de sus gestos típicos, porque no le importaba que me quedase mirándola como un pasmarote.
-¿Qué coño haces? -me había preguntado inexpresiva en nuestro cuarto encuentro, durante las lluvias, cuando nos refugiábamos bajo un balcón y el humo del cigarrillo se enredaba entre sus dedos de uñas recortadas. Afortunadamente no tuve que explicarme-. Y luego me llaman rara a mí -sentenció antes de dar la última calada como si fuese a derrumbarse el escalón bajo nosotros.

Los dos nos habíamos acostumbrado a que la mirara, supongo. Nuestros cinco minutos allí, a veces más, a veces menos, todos y cada uno de los días, sólo a aquella hora bendita que respetaba por encima del toque de queda de mi madre, me habían dado suficiente como para comprender un poco más el mundo.
treinta y cuatro grados fuera,
cuarenta y ocho en mi interior