Estoy enfadada. Había escrito un texto larguísimo. Me había preguntado mil cosas. Había dejad... mierda.
Estoy a punto de hacer pucheros.
cierro el pico.
(descubro que el texto estaba guardado como borrador, así que es el que aparece en la entrada anterior. Iba a borrar esto, pero... hoy no)
26/2/08

Hay algo en francés que quiero decir, pero no lo encuentro. Últimamente los días se me tornan grises muy fácil. Es primavera y sonrío, tengo ganas de cantar, de escribir cartas de amor, de trepar a los árboles. Pero de pronto todo se trunca y lloro adolescente. Ahora mismo, en la soledad de mi hogar, imagino que alguien levanta mi pelo con ternura, haciendo un recogido desnudando la nuca, para besarme entre los lunares. Cierro los ojos. Sólo estoy yo. Pero sería un momento tan perfecto, aunque la silla es alta y lo impediría, aunque después ya no querría nada más, querría volver a estar sola, soñando. Me siento vulnerable de una manera un tanto ridícula. Debe ser este tiempo extraño que me llueve y se despeja, con el mar tan lejos. Una vez, escuchando música clásica, sentí que acariciaba a alguien y no pude evitar las lágrimas corriendo por mis mejillas. Un acento es como una lágrima, pienso al escribir la palabra. Sólo digo tonterías. Pero me da igual por hoy, por hoy puedo decir lo que me plazca. Soy la dueña, aqui mando yo. Lo escribiría en mayúsculas si no las aborreciese tanto. Hay algo que me pesa, como un fardo. Querría mandarlo todo a la mierda, no puedo engañarme, soy demasiado responsable. Qué mal me sentaba que me dijesen eso. Nunca he servido para rebelde, aunque me lo hiciera. Sólo soy una buena chica. No puedo engañar a nadie. Tengo la costumbre de hacer lo que se espera de mí y de sentirme culpable si decepciono en lo más mínimo a alguien. El radiador chirría y una puerta cruje, pronto comenzará el frigorífico a llorar como un niño para que le hable como a los gatitos. Creo que si tuviese un gato en casa me sentiría mejor. ¿Cómo se sentiría el gato, alegre o triste? Cuando estoy triste de verdad los niños que me cruzo por la calle no me miran, o se esconden tras las piernas de sus madres. Cuando estoy alegre me tiran besos. No los puedo confundir, pero confundo al resto. "Todavía eres joven, ya se te pasarán estos cambios tan repentinos de humor". Me gustaría que se quedasen para siempre, me aburriría demasiado siendo predecible conmigo misma. A veces fantaseo con el dolor, imagino situaciones que me partiesen el alma, entonces acabo llorando desconsolada. Invento qué haría, a donde iría, y siempre acabo frente al mar con alguien que he creado que no espera nada de mí. Sólo está ahí para acompañarme, prepararme el desayuno y echar la llave a la puerta. No creo que exista nadie así. Siento la necesidad de ser la prioridad para alguien, alguien con quien pueda ser totalmente egoísta. Pobre niña. Podría seguir escribiendo así durante horas. El poeta me mira desde el escritorio y Campanilla seduce a un Peter sonriente. No quiero cenar. Tengo que pensar en llevar ropa de fiesta a Madrid, yo quería un fin de semana cultural, qué diferentes somos. Me da un poco de miedo. Creo que a veces no me entiende en absoluto, creo que todavía tiene esperanza en que un día me despierte y esté curada, sea como las demás. Ojalá no me pase nunca. Voy a escribir a otro lugar, necesitará saberlo.
25/2/08

Hay un reloj hueco de voz parpadeándome. No puedo correr más deprisa. Las fotografías hablan de otras que ya no soy yo. Para recordarme tengo que pensar que nada tengo que ver conmigo. ¿Qué será de mí mañana cuando ya no me recuerde como soy ahora? ¿Qué será de mí cuando todo haya cambiado y nada quede de hoy? Empecé un diario de recuerdos, pero me aterroriza. No dejar huella, no dejarla, por lo menos no de mí. Nos comerá, nos comerá irremediable el tiempo. ¿Por qué me asusta tanto?
21/2/08
la llamada del lobo (sueño)

Huíamos de él desde que Mario lo había percibido en Sevilla hacía ya un mes. Sabía que si lo convocaba yo tendría que acudir y quería protegerme. Desde que me había marcado era una de ellos y no podría negarme, mi instinto me arrastraría a su presencia. La última semana la habíamos pasado vagando por pueblos perdidos del interior de España, comprábamos algo de comer en las aldeas y volvíamos siempre a campo abierto, donde sería más difícil encontrarnos.
Estábamos estirando las piernas, con el coche parado en un camino de tierra, cuando Mario tensó por completo su cuerpo y me miró aterrado.
-Corre- dijo antes de agarrarme la mano y salir disparado hacia el coche.
Abríamos la puerta del copiloto cuando noté la llamada. No es algo que se pueda describir. Simplemente tu cuerpo sigue órdenes que no son las tuyas y aunque tu mente se revele, no puedes hacer nada, avanzas sin remisión hacia el líder de la manada. No sé cómo Mario aunó todas sus fuerzas para colocarse delante de mí al andar, pero lo hizo y continuamente volvía la cabeza para mirarme, para saber si yo estaba bien. Sus ojos reflejaban el terror más absoluto. Creo que una vez murmuró “lo siento”.
Yo sentía una mezcla de fascinación y miedo. Había oído hablar de él, había oído hablar de su poder y sus exigencias y, aunque Mario me lo había pintado como un monstruo sin compasión, una parte de mí deseaba ir a su encuentro.
No recorrimos más de dos kilómetros. Pronto nos acercábamos irremisiblemente a un círculo de hombres fornidos. Era un círculo amplio, todo el mundo ocupaba un puesto y en el centro estaba él. Percibirlo a tan corta distancia me hizo tambalearme. Su poder era increíble y sentía ahora los hilos que movía para obligarme a llegar a ocupar mi lugar en el círculo. Tenía el pelo negro, liso y largo, con un brillo poco natural y un corte anticuado que encajaba a la perfección con el resto de su figura. Su espalda era ancha y sus brazos, aunque cubiertos, se descubrían musculosos y fuertes.
Cuando llegamos al círculo Mario se situó delante de mí. Yo no podía tomar ninguna decisión sobre mis movimientos, de modo que no sé de dónde sacaba él la energía para oponerse a la orden imperiosa que el líder de la manada lanzaba hacia nosotros. Podía escuchar el corazón de Mario. Algunos de los hombres me miraron tristes, otros ni si quieras repararon en mí.
De pronto él comenzó a hablar y al hacerlo se volvió hacia el lugar que ocupábamos. Me sorprendió la dulzura que reflejaban sus ojos, tan en contra de la violencia que todo lo demás que había en él mostraba. No entendía cómo podía existir esa mezcla en él. Su mentón era fuerte, las mandíbulas anchas, sus rasgos eran duros y morenos. Su voz era la de un líder militar, sus órdenes eran claras y sus modulaciones no dejaban lugar a las réplicas. Indicó qué había que hacer, pero nadie se movió. Mario no había recibido ninguna orden concreta y yo tampoco. En ese momento comencé a sentir el terror extendiéndose por todo mi cuerpo, no sé decir qué lo desencadenó, pero estaba ahí y comencé a sudar.
El líder clavó sus ojos en Mario y ordenó:
-Sal.
Comencé a moverme obligada por su voz, aunque quería resistirme, aunque deseaba permanecer oculta tras Mario, no pude conseguirlo. Pronto ocupaba el lugar frente al líder y el silencio se extendía, pesado, por toda la llanura al atardecer.
El líder comenzó a reírse lobunamente y me estremecí.
-Muy bonito, Mario, muy bonito-.Murmuró y se acercó más a mí. Primero sólo me contempló despacio mientras mi corazón estaba a punto de explotar, después comenzó a olerme. Sentí un mechón de su pelo sobre mi hombro y no pude evitar temblar. Cuando llegó al lugar en el que Mario me había marcado, se detuvo. Noté su lengua lamiendo mi herida y sus manos sujetándome los brazos. Cerré los ojos y cuando los abrí se encontraba de nuevo delante de mí.
-Que nadie la siga. Que nadie se cruce esta noche con ella. No quiero que le prestéis ayuda, quiero que esté sola.-Ordenó brutal. Entonces se volvió a Mario y le preguntó- ¿Entendido?
El silencio se extendió entre ellos y yo rogué desde el fondo de mi pecho que Mario respondiese pronto. Pero no lo hizo. El líder se lanzó sobre él a una velocidad alarmante y lo golpeó en el rostro arrojándolo cinco metros más allá del círculo.
-Me has desobedecido una vez y no vas a volver a hacerlo-. Bramó.- ¿Entendido?
La voz de Mario me llegó apagada. Había asentido.
A una orden del líder el círculo se deshizo, noté que todos los demás eran liberados de su poder menos yo. Mario fue recogido por dos de los fornidos hombres que se lo llevaron a rastras. Me habría gustado llorar por su dolor, pero no era capaz de hacerlo. El líder se quedó de pie frente a mí. La fuerza que ejercía para mantenerme era excesiva, notaba un fardo pesado sobre los hombros, pero no podía doblar las rodillas. Y él me miraba.
Ya era bien entrada la noche y la luna brillaba plena en lo alto de la cúpula celeste cuando retiró su orden de mí. Caí al suelo sin poder evitarlo, estaba agotada.
-A tres kilómetros en esa dirección hay una casa-me indicó-. Está habitada por un matrimonio que ha incumplido las normas y me ha traicionado. Quiero que vayas hasta allí y mates a la mujer.
Quise decir que no, pero no pude hacerlo.
Vagué sola por la llanura sintiendo su presencia siempre cerca de mí, pero sin ser capaz de verlo. A veces notaba incluso otras presencias en la distancia, pero apenas intentaba mantener contacto con ellos algo los apartaba de mí.
La casa era una granja manchega de una sola planta con huertos alrededor. La puerta estaba abierta y entré sin saber muy bien qué me movía a hacer lo que hacía. Mi capacidad de razonar estaba muy lejos de mí. La necesidad de obedecer una orden era tan imperiosa como lo había sido la presión que el líder había ejercido sobre mí en el círculo. O eso quería yo creer. Estaba aterrorizada.
En la habitación central la luz de la luna iluminó la escena brutal de un lobo enorme sobre el cuerpo aún con vida de un hombre de unos cincuenta años. No grité al verlo. No hice nada. El lobo me miró y salió de la casa. El hombre gemía encogido en el rincón. Dejé de respirar. Estaba sola de nuevo.
De pronto sentí una llamada desde la parte de atrás de la casa. Algo me pedía, me rogaba que llegase hasta allí. Corrí a través de la casa hacia una de las ventanas abiertas por el calor del verano que daba al patio trasero. Me lancé a través de la ventana con un salto limpio y noté que mi cuerpo se alargaba para atravesar el pequeño hueco. Cuando caí de pie sobre el suelo de tierra volvía a ser yo. La mujer me llamaba, estaba allí.
Se refugiaba en un rincón del patio, erguida y temblorosa. Llevaba puesto un vestido negro y fresco, tenía el pelo corto y escardado, los ojos verdes. No. No podía hacerlo.
-Por favor…- lloriqueó la mujer y en ese momento sentí la presencia del líder. Volví la cabeza y lo vi de pie sobre la tapia alta y blanca. Me miraba, me observaba, aguardaba que cumpliese su orden.
La mujer dio un paso hacia mí con los brazos extendidos, las lágrimas corrían por su rostro. Sentí ganas de vomitar.
-Por favor…-volvió a suplicar-. Por favor, mátame.
Mi corazón se detuvo y la miré sin comprender. Los ojos de la mujer mostraron un terror inaudito y se llevó las manos a la boca. Negó fervientemente con la cabeza. Pero volvió a decirlo:
-Por favor, mátame.
Las lágrimas corrían por sus mejillas. La risa del líder se extendió en el silencio de la noche. Entonces lo supe, era él, la estaba obligando a suplicarme que la matase. La mujer se arrojó sobre mí y me agarró con fuerza mientras las palabras volvían a escaparse de sus labios temblorosos:
-Por favor, mátame-. Mientras negaba con la cabeza.
-No…-Murmuré y me aparté con violencia de ella.
El líder comenzó a andar por la tapia para alejarse de nosotras. Desesperada salté para alcanzarlo y corrí tras él mientras la mujer corría por el patio persiguiéndome con su súplica y su llanto. Saltaba para alcanzar mis pies, sus brazos se extendían largos por la pared blanca, pero nunca llegaba hasta mí, tropezaba y caía pero no cesaba en su empeño.
El líder, sin correr si quiera, era más rápido que yo. Quería suplicarle, quería hacerle entender que no podía hacerlo, que no quería hacerlo. Pero él no me escuchaba. Las lágrimas comenzaron por fin a correr también por mi rostro y él se paró en seco. La mujer se calló y el silencio volvió sobre nosotros. Sollozaba avanzando hacia él, pero sentí su poder de nuevo deteniéndome.
Con pasos lentos vino hacia mí y me agarró con ternura la barbilla. Sus ojos dulces me resultaron insultantes en ese momento, pero también trajeron paz a mi corazón. Entonces me besó, tiernamente, despacio, en lo que pareció una eternidad. Cuando se separó de mí su olor intenso permaneció en mi cuerpo. Mis instintos se dispararon. Todos mis sentidos despertaron.
-Ahora mátala-. Ordenó.
Y yo era ya un lobo sola en el patio silencioso.
Estábamos estirando las piernas, con el coche parado en un camino de tierra, cuando Mario tensó por completo su cuerpo y me miró aterrado.
-Corre- dijo antes de agarrarme la mano y salir disparado hacia el coche.
Abríamos la puerta del copiloto cuando noté la llamada. No es algo que se pueda describir. Simplemente tu cuerpo sigue órdenes que no son las tuyas y aunque tu mente se revele, no puedes hacer nada, avanzas sin remisión hacia el líder de la manada. No sé cómo Mario aunó todas sus fuerzas para colocarse delante de mí al andar, pero lo hizo y continuamente volvía la cabeza para mirarme, para saber si yo estaba bien. Sus ojos reflejaban el terror más absoluto. Creo que una vez murmuró “lo siento”.
Yo sentía una mezcla de fascinación y miedo. Había oído hablar de él, había oído hablar de su poder y sus exigencias y, aunque Mario me lo había pintado como un monstruo sin compasión, una parte de mí deseaba ir a su encuentro.
No recorrimos más de dos kilómetros. Pronto nos acercábamos irremisiblemente a un círculo de hombres fornidos. Era un círculo amplio, todo el mundo ocupaba un puesto y en el centro estaba él. Percibirlo a tan corta distancia me hizo tambalearme. Su poder era increíble y sentía ahora los hilos que movía para obligarme a llegar a ocupar mi lugar en el círculo. Tenía el pelo negro, liso y largo, con un brillo poco natural y un corte anticuado que encajaba a la perfección con el resto de su figura. Su espalda era ancha y sus brazos, aunque cubiertos, se descubrían musculosos y fuertes.
Cuando llegamos al círculo Mario se situó delante de mí. Yo no podía tomar ninguna decisión sobre mis movimientos, de modo que no sé de dónde sacaba él la energía para oponerse a la orden imperiosa que el líder de la manada lanzaba hacia nosotros. Podía escuchar el corazón de Mario. Algunos de los hombres me miraron tristes, otros ni si quieras repararon en mí.
De pronto él comenzó a hablar y al hacerlo se volvió hacia el lugar que ocupábamos. Me sorprendió la dulzura que reflejaban sus ojos, tan en contra de la violencia que todo lo demás que había en él mostraba. No entendía cómo podía existir esa mezcla en él. Su mentón era fuerte, las mandíbulas anchas, sus rasgos eran duros y morenos. Su voz era la de un líder militar, sus órdenes eran claras y sus modulaciones no dejaban lugar a las réplicas. Indicó qué había que hacer, pero nadie se movió. Mario no había recibido ninguna orden concreta y yo tampoco. En ese momento comencé a sentir el terror extendiéndose por todo mi cuerpo, no sé decir qué lo desencadenó, pero estaba ahí y comencé a sudar.
El líder clavó sus ojos en Mario y ordenó:
-Sal.
Comencé a moverme obligada por su voz, aunque quería resistirme, aunque deseaba permanecer oculta tras Mario, no pude conseguirlo. Pronto ocupaba el lugar frente al líder y el silencio se extendía, pesado, por toda la llanura al atardecer.
El líder comenzó a reírse lobunamente y me estremecí.
-Muy bonito, Mario, muy bonito-.Murmuró y se acercó más a mí. Primero sólo me contempló despacio mientras mi corazón estaba a punto de explotar, después comenzó a olerme. Sentí un mechón de su pelo sobre mi hombro y no pude evitar temblar. Cuando llegó al lugar en el que Mario me había marcado, se detuvo. Noté su lengua lamiendo mi herida y sus manos sujetándome los brazos. Cerré los ojos y cuando los abrí se encontraba de nuevo delante de mí.
-Que nadie la siga. Que nadie se cruce esta noche con ella. No quiero que le prestéis ayuda, quiero que esté sola.-Ordenó brutal. Entonces se volvió a Mario y le preguntó- ¿Entendido?
El silencio se extendió entre ellos y yo rogué desde el fondo de mi pecho que Mario respondiese pronto. Pero no lo hizo. El líder se lanzó sobre él a una velocidad alarmante y lo golpeó en el rostro arrojándolo cinco metros más allá del círculo.
-Me has desobedecido una vez y no vas a volver a hacerlo-. Bramó.- ¿Entendido?
La voz de Mario me llegó apagada. Había asentido.
A una orden del líder el círculo se deshizo, noté que todos los demás eran liberados de su poder menos yo. Mario fue recogido por dos de los fornidos hombres que se lo llevaron a rastras. Me habría gustado llorar por su dolor, pero no era capaz de hacerlo. El líder se quedó de pie frente a mí. La fuerza que ejercía para mantenerme era excesiva, notaba un fardo pesado sobre los hombros, pero no podía doblar las rodillas. Y él me miraba.
Ya era bien entrada la noche y la luna brillaba plena en lo alto de la cúpula celeste cuando retiró su orden de mí. Caí al suelo sin poder evitarlo, estaba agotada.
-A tres kilómetros en esa dirección hay una casa-me indicó-. Está habitada por un matrimonio que ha incumplido las normas y me ha traicionado. Quiero que vayas hasta allí y mates a la mujer.
Quise decir que no, pero no pude hacerlo.
Vagué sola por la llanura sintiendo su presencia siempre cerca de mí, pero sin ser capaz de verlo. A veces notaba incluso otras presencias en la distancia, pero apenas intentaba mantener contacto con ellos algo los apartaba de mí.
La casa era una granja manchega de una sola planta con huertos alrededor. La puerta estaba abierta y entré sin saber muy bien qué me movía a hacer lo que hacía. Mi capacidad de razonar estaba muy lejos de mí. La necesidad de obedecer una orden era tan imperiosa como lo había sido la presión que el líder había ejercido sobre mí en el círculo. O eso quería yo creer. Estaba aterrorizada.
En la habitación central la luz de la luna iluminó la escena brutal de un lobo enorme sobre el cuerpo aún con vida de un hombre de unos cincuenta años. No grité al verlo. No hice nada. El lobo me miró y salió de la casa. El hombre gemía encogido en el rincón. Dejé de respirar. Estaba sola de nuevo.
De pronto sentí una llamada desde la parte de atrás de la casa. Algo me pedía, me rogaba que llegase hasta allí. Corrí a través de la casa hacia una de las ventanas abiertas por el calor del verano que daba al patio trasero. Me lancé a través de la ventana con un salto limpio y noté que mi cuerpo se alargaba para atravesar el pequeño hueco. Cuando caí de pie sobre el suelo de tierra volvía a ser yo. La mujer me llamaba, estaba allí.
Se refugiaba en un rincón del patio, erguida y temblorosa. Llevaba puesto un vestido negro y fresco, tenía el pelo corto y escardado, los ojos verdes. No. No podía hacerlo.
-Por favor…- lloriqueó la mujer y en ese momento sentí la presencia del líder. Volví la cabeza y lo vi de pie sobre la tapia alta y blanca. Me miraba, me observaba, aguardaba que cumpliese su orden.
La mujer dio un paso hacia mí con los brazos extendidos, las lágrimas corrían por su rostro. Sentí ganas de vomitar.
-Por favor…-volvió a suplicar-. Por favor, mátame.
Mi corazón se detuvo y la miré sin comprender. Los ojos de la mujer mostraron un terror inaudito y se llevó las manos a la boca. Negó fervientemente con la cabeza. Pero volvió a decirlo:
-Por favor, mátame.
Las lágrimas corrían por sus mejillas. La risa del líder se extendió en el silencio de la noche. Entonces lo supe, era él, la estaba obligando a suplicarme que la matase. La mujer se arrojó sobre mí y me agarró con fuerza mientras las palabras volvían a escaparse de sus labios temblorosos:
-Por favor, mátame-. Mientras negaba con la cabeza.
-No…-Murmuré y me aparté con violencia de ella.
El líder comenzó a andar por la tapia para alejarse de nosotras. Desesperada salté para alcanzarlo y corrí tras él mientras la mujer corría por el patio persiguiéndome con su súplica y su llanto. Saltaba para alcanzar mis pies, sus brazos se extendían largos por la pared blanca, pero nunca llegaba hasta mí, tropezaba y caía pero no cesaba en su empeño.
El líder, sin correr si quiera, era más rápido que yo. Quería suplicarle, quería hacerle entender que no podía hacerlo, que no quería hacerlo. Pero él no me escuchaba. Las lágrimas comenzaron por fin a correr también por mi rostro y él se paró en seco. La mujer se calló y el silencio volvió sobre nosotros. Sollozaba avanzando hacia él, pero sentí su poder de nuevo deteniéndome.
Con pasos lentos vino hacia mí y me agarró con ternura la barbilla. Sus ojos dulces me resultaron insultantes en ese momento, pero también trajeron paz a mi corazón. Entonces me besó, tiernamente, despacio, en lo que pareció una eternidad. Cuando se separó de mí su olor intenso permaneció en mi cuerpo. Mis instintos se dispararon. Todos mis sentidos despertaron.
-Ahora mátala-. Ordenó.
Y yo era ya un lobo sola en el patio silencioso.
13/2/08

Hace mucho que no paso por aqui, bueno, quizá no hace tanto, pero a mí me parece un poco eternidad. No sé lo que me pasa. No me apetece escribir, ni leer. Supongo que tengo un poco de sobrecarga emocional a día de hoy. Así que me siento un poco de vacaciones.
Estaré por www.fotolog.com/aire_21 por si os apetece curiosearme. A veces una imagen dice más que mil palabras, pero generalmente no.
Estoy segura de que mañana volveré aqui. A escribir cotidianamente. Y este texto no habrá servido de nada.
La foto es del fin de semana, de mi disfraz de vampiro.
7/2/08

"Ataremos bandadas de gorriones
a nuestras muñecas,
huiremos lejos de aqui,
a otro planeta"
Mucho tiempo fui mariposa, amarrada a tu forma de ser, tentando hacia lo alto. Luego escapé, o deseé hacerlo, lo sé. Rompí con todo y me cambiaron el nombre en una muestra de amor que me comprendía. Y yo amé, los amé a todos, espejos donde no te reflejabas, que te señalaban con el dedo por tus carencias infinitas. Y pasaron uno tras otro, uno tras otro, por mí, sin mi piel, más adentro. Luego me solté y miré el horizonte. Y te eché de menos. Volví, llorando vencida. Habías tirado el cordón que nos unía. Me quedé junto a ti que sabías verme volar, infinita. Aire y yo, la tuya y ella, la suya, la que les pertenece.
Tú no temes,
sabes que me gusta anidar
en tu oído.
6/2/08
5/2/08
31/1/08

el alma es de cristal, él no lo sabe, por eso le susurra sin darse cuenta: "hoy tienes ojos de gata". el alma es de cristal, de pez de lágrima, de falta de piedad y tres martillos. no tiene por qué significar. nada. los atardeceres rotan de madrugada en un estúpido cambio de turno mientras yo trepo a las sillas para alcanzar un minuto. el cocodrilo me quiere besar. tengo el alma de cristal y con manillas.
29/1/08

Disculpe que lo interrumpa de nuevo, créame, entiendo perfectamente que esté algo cansado de escucharme hablar de amor. Le aseguro que yo estaría bastante empalagada si lo leyese así continuamente. Pero debe hacerse cargo, se lo ruego, de mi actual situación. Como sabrá, los estados de la luna en que me muevo suelen ser dos: Peter y Garfio. Pero ahora, extrañamente vivo en un continuado estado de Wendy. Me descubro en una ensoñación mientras voy en el coche, leo novelas para adolescentes y vuelvo a ver antiguas series de televisión que me hacían enrojecer con quince años. Y no se asombre si le digo que ahora enrojezco de nuevo y grito si las cosas van mal, y me pongo de rodillas en la cama, y corro a devorar otro episodio si se me ha acabado el último. Suspiro, me río, doy un salto. Creo que no será capaz de imaginar lo que esto significa, baste decir que me he dejado ser Wendy muy pocas veces en mi vida, nada de romanticismo, nada de ensoñaciones. Y ahora me descubro de esta manera. Tiene que comprenderme.
Andar entre Peter y Garfio me desquicia sobremanera. Cambio con un pestañeo de vivir el instante a sentirme acorralada por el paso del tiempo. Soy en un segundo feliz de una manera totalmente descontrolada, y enseguida vuelvo a llorar encerrada en el espejo por lo injusto que es... por lo injusto simplemente. Este ir y venir continuo de la alegría a este otro sitio tan cotidiano, acaba por hacerme desconfiar de todo lo que siento. Nunca sé cuánto durará una emoción y mi alma de cristal enciende luces en la casa para que no entren los piratas.
Y ahora, ¿me ha visto usted? Tengo los labios pintados delante del ordenador. El domingo usé rimel y me vestí de rojo. Me preocupo por mi pelo y deseo verlo llegar a todas horas para que me refugie en su pecho. No me cansa que me bese, no me cansa que me hable todo el rato de sí mismo, ni que me acaricie la mano mientras vemos la televisión. Compréndalo, es más bien que si me olvida un segundo, me lanzo como fiera a recordarle que yo existo. ¿Dónde se ha quedado el volar lejos para ser yo mismo, el llorarle a solas en el comedor?
Déjeme ser Wendy un poquito más, sólo lo justo para echarlos de menos a ellos, los que me configuran a diario.
26/1/08

Es sábado y todos están reunidos en el bar de costumbre. Las conversaciones se han fragmentado ya y todos beben y parlotean. En la cuarta ronda Raquel comienza a proponer juegos, canturrea entre los grupos y se tropieza de vez en cuando.
-¿Beso o verdad?-Me pregunta picarona mirándome desde abajo.
Yo no soy muy de estos juegos, prefiero situarme siempre en un segundo plano y pasar desapercibida, pero esta vez parece que no puedo librarme. Raquel me pregunta de nuevo haciendo que poco a poco se vayan sumando los demás a nuestra conversación. Yo miro a Mario desesperada y él se encoje de hombro dispuesto a no aliviarme en ningún sentido ese mal rato. Mis ojos de cordero no han funcionado, así que me vuelvo hacia Raquel vencida y para vengarme del mundo murmuro:
-Beso.
Algunos amigos hacen palmas y otros gritan sorprendidos. Mario me mira entre inquieto e interesado y se apoya en la barra. Raquel está dando saltos con cara de mala buscando entre nuestros amigos alguno que me resulte verdaderamente difícil. Yo comienzo a arrepentirme de mi decisión.
-A ver, a ver...- sonríe mi amiga.- Tienes que besar a... ¡Jaime!
Se me hace un nudo en el estómago y la miro suplicante. ¿A Jaime? Raquel me empuja hacia el centro del círculo improvisado que han formado nuestros amigos y noto que empiezo a enrojecer. Los ojos de Mario deben de estar clavados en mi nuca porque lo siento ahí, absolutamente atento.
Descaradamente Jaime sale de entre la multitud sonriendo. Su gesto es desperocupado, pero conozco su mirada y está inquieto. Supongo que por su cabeza cruzan las mismas imágenes que por la mía, todas esas conversaciones antiguas, todos esos rumores que corrieron sobre nosotros, todo lo que antes nos unía y ahora forma parte del recuerdo. Nuestros amigos comienzan a corear algo estúpido y yo me inclino para besarlo. Él acerca una mano a mi cintura con delicadeza. El beso sólo dura un instante. Y todo está en silencio. Nos miramos y por un segundo parecemos vernos de nuevo como nos veíamos antes. Sé que estoy sonriendo porque él lo hace. Me atrae hacia sí y me refugia en su pecho para darme un beso en el pelo.
En el bar vuelve a haber mucho ruído y todos nuestros amigos se distraen porque Raquel ha elegido otra víctima para su juego. Jaime y yo nos separamos, nos olvidamos de nuevo. Mario me ha pedido otra copa de vino y me mira con gesto serio.
-¿Estás bien?-Me pregunta acercándome una banqueta.
-Por supuesto-, miento.
23/1/08

Lo noto. Se está acercando otra vez. Me pesan los pasos y todo me parece un poco más triste. Termino de ver un capítulo más de la serie de todos los días y me doy cuenta de que estoy llorando. Salgo a la calle y el silencio continúa en el fondo de mi estómago. No me apetece cruzar la mirada con nadie, clavo mis ojos en mis pies, los espejos me asustan un poco más. Algo anclado en la comisura de mis labios me hace tender hacia abajo, casi sin darme cuenta me cuesta más trabajo sonreír que mantener el gesto torcido. Siento mi pecho de paloma, mi palpitar de pajarillo caído al suelo temiendo que en cualquier momento un niño pase y lo vea. Se me transparenta el alma de cristal de alguna manera sutil que me aniquila y mi estómago está en silencio de cueva esperando un ladrido más. Aguanto la respiración sin darme cuenta y los ojos se me colman si me dices que no vendrás hoy, que no tienes tiempo. La casa está vacía y lo agradezco, puedo vagar por el pasillo, acostarme en la ventana, cerrar los ojos sin cerrarlos, beber agua tragando sin esperar nada. Lo noto. Ya queda menos. Y no me apetece negarme.
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