No sabía cómo pedirle que se marchara. Había traído todas sus cosas, había acaparado las puertas de mi armario con sus vestidos y cada vez que recorría con mi mirada la habitación, descubría una de sus camisetas decorando una silla o, lo que era peor, su sujetador negro colgando del pomo de la puerta. ¿Por qué tenía aquella dichosa manía de dejarlo allí? Lo odiaba, no podía soportarlo. Tanto como odiaba escuchar el secador por las mañanas o sentir cómo buscaba, con sus pies helados, el resguardo de mis rodillas. Aquello tenía que acabar antes de que consiguiese colonizarme con sus interminables manías. Como aquella de besarme, incansablemente, siempre que no me daba cuenta. Y después, cuando se iba, lo sentía allí, sobre mi cuerpo, el beso que había dejado Dios sabrá cómo mientras yo realizaba uno de mis deberes cotidianos. Tenía que largarse, tenía que echarla de allí, me repetía recogiendo las copas de vino mientras ella dormitaba, perfecta, en una esquina del sofá azul, como siguiese dejándola campar a sus anchas por mi territorio -respiraba tan profundamente...-, me vería obligado a quererla.
10/3/10
9/3/10
8/3/10
contigo
a veces aterrizo, sin darme cuenta,
entre tus cosas
-aunque estén en una
caja vacía
en el fondo del armario
donde nunca miro,
a veces aterrizo
entre tus cosas-
y se me queda un pentagrama
prendido de un rizo
como esa nota única
que no te supe cazar
o se me enreda un cielo
entre las líneas vacías
de mis manos sin piano.
es una sensación extraña
ésta de estar así, contigo,
sin que siquiera lo sepas,
sin tan siquiera tenerte,
únicamente en la sombra
que yo guardo en ese cofre
mal llamado de ausencias.
3/3/10
serendipias
convertiré en islaslos charcos que me abaten
los tobillos, como pájaros
teñidos de desidia
escapando de mis manos,
hacia la luz de las esquinas
naranjas de la tarde,
nublada de gris,
sobre paraguas malvas
y entonces tú,
saltando impertinencias
de la ciencia natural,
en pura serendipia
-o en deseo-
alcanzarás mi vientre
con tu boca, con tus manos,
con la nada,
y podrá seguir lloviendo
sin parar
hasta que se acabe el mundo
o nos quedemos dormidos.
2/3/10
la noche de todas las noches
todo empieza a las diez de la noche, cualquier martes, cuando salgo del trabajo. los días son más largos y no hace falta abrigarse, llevo un vestido de tirantes y zapatos rojos, continúa, no sé muy bien cómo, en un pequeño pueblo con acantilados de Galicia.
hay una verbena y farolillos con velas colgando de los balcones, la gente es mayor, pero alegre, comemos y brindamos y reímos, incluso bailamos coreados por dos niños que se emocionan con la manera en que nos miramos.
entonces yo robo la botella de vino y subimos al tejado. la música está abajo y el cielo, lleno de estrellas conquistando el horizonte donde el mar se difumina, sobre ti. se me dan bien las anécdotas y también los chistes malos.
de todos modos, se me da mejor besar, será por eso que acabamos en el faro.
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