11/12/09
10/12/09
9/12/09

De nuevo tenía la postal allí, sobre mis libros, intentaba calcular en qué forma a aquella extraña presencia le daba tiempo a colocar entre mis cosas sus cartas desde el fin del mundo. Estaba preparando oposiciones en la biblioteca de la facultad, porque el clima me había resultado útil para obtener buenos resultados durante mis años de estudiante, llevaba cinco semanas yendo a estudiar y en ese tiempo había recibido ya nueve señales de una desconocida.
Nueves postales improvisadas, formadas con la fotocopia de una fotografía cualquiera de los libros de geografía que se hallaban en aquella planta. En algunas incluso se podía leer parte del texto en caracteres enciclopédicos.
“Hoy hemos estado en Praga, estabas graciosísimo con la bufanda apretada como si fueses un niño, tapándote la nariz. ¿No disfrutaste tanto como yo con el paseo por la Plaza Vieja? Me encantó tu cara de sorpresa cuando las farolas titilaron a última hora de la tarde, pero no voy a invitarte a más café hasta que no aprendas a dejar de cantar por la calle. Te quiero”.
Levantó la vista para intentar descubrir a su extraña guía turística, pero todo el mundo continuaba concentrado con la cabeza baja sobre los libros. ¿Quién era? ¿Quién de ellas era?
4/12/09
3/12/09
2/12/09
cadencia
Llevaba la bata roja anudada torpemente sobre su cuerpo desnudo. Tenía la piel pálida por el frío y las mejillas levemente sonrojadas. Observé cómo se recogía el pelo en la nuca con sus dedos temblorosos. Se miró en el espejo con curiosidad y descubrió el rubor en sus pómulos helados. Sonrió haciéndome estremecer, llevaba tanto tiempo sin hacerlo así, con inconsciencia. Y se vio bien, lo supe, a pesar de los ojos hinchados y de los labios heridos, hubo un instante en que fue feliz con esa imagen. Entonces pareció clavar su mirada en mí, aguardando a su espalda, cerró los ojos lentamente y dobló la cabeza cediéndome su cuello largo, congelado. Aguardó unos segundos así, quizá unos minutos, a mí el tiempo se me hizo interminable. Después volvió a mirarse y recuperó con tristeza su aspecto original, uno de sus mechones se escapó del improvisado peinado para ocupar el lugar que debía haber inundado mi beso. Apretó los labios y arrojó la bata al suelo. En ese momento sólo había un pensamiento en mi cabeza. Sólo uno. Sólo un deseo: “ojalá no estuviese muerto”.
