24/5/08




El patio de butacas comenzaba a llenarse y por debajo del telón se veía la luz de la sala, como promesa de futuro. El corazón estaba a punto de estallarle, como tantas otras veces, como si fuese la primera vez en una mezcla de emoción y pánico. Todos los actores vestidos ya, yendo y viniendo por el escenario con gestos nerviosos, sumándose a cualquier conversación en voz baita. Ella estaba ya sentada en su silla, con las piernas dobladas hacia la izquierda, mirando a todos en silencio. El vestido medieval la hacía sentirse pequeña, de cinco años, jugando con una toalla a andar como las reinas al borde de cualquier piscina. Estaba a punto de levantarse para matar los nervios andando un rato cuando la voz metálica anunció después de una música extraña que quedaban tres minutos para que comenzase la representación. Respiró nerviosa y miró a uno de sus compañeros, de pie, vestido de caballero, a su lado. Sonrió nerviosamente y él desenfundó la espada:
-Creo que no puedo esperar más -dijo usando su espada como bastón para arrodillarse a su lado. Ella lo miró desconcertada, estaba a punto de comenzar la función-. Sé que hay muchos inconvenientes, y entre ellos está que tienes novio... pero quiero decirte que me gustas.
Intentó encajar las palabras en su esquema de nervios y tensión, pero sólo respondió con un "Oh, Dios" menudo antes de que dos compañeros más se arrodillasen creyendo que jugaban a algo.

19/5/08


Castañean las teclas, enigmáticas,
en el silencio de la biblioteca,
¿qué contarán? ¿qué ocultarán
las palabras de siempre
en todos esos dedos
y esas manos y esas bocas?
Boquea un pez desde las esquinas,
debe ser hora de comer.

15/5/08



Cuando era pequeña, a mi madre se le quemó una vez el cocido, desde entonces siempre espero que se le vuelva a achicharrar para tener que comer huevos fritos con patatas en último momento.

También recuerdo que, leyendo una aventura de los cinco, me estremecí en la cama a la luz de la lamparilla, muerta de miedo; creo que fue la primera vez que dejé que una historia me arrastrara por completo adentro.

Solía jugar en el jardín, con el cassette de Grease sonando a todo volumen, a que interpretaba a una actriz de película, daba vueltas y sonreía o me ponía seria si era preciso.

Cuando cumplí cinco años mi abuela me hizo un vestido blanco maravilloso, el jardín ni siquiera tenía plantas, sólo piedras. Ya había amigos en casa cuando yo subí a ponerme el magnífico vestido en el cuarto de baño de arriba, los miraba desde la ventana; al bajar me sentía magnífica y recuerdo globos rojos.

Llevé a mi madre, cuando aprendí algunos números y algunas letras, una serie indefinida de signos escritos en la pasta de un libro de cuentos; "¿qué pone aquí?" inquirí emocionada pensando que habría escrito algo magnífico, "cariño, sólo son números y letras, no pone nada".

Tuve un diario de pastas verdes, como de mayor, y hojas con el borde dorado, ahí escribí mi primera historia para Marina; me sentaba a escondidas en el jardín, con la espalda pegada a la pared blanca, e imaginaba más rápido que escribía.

El gato se tumbaba al sol, largo, blanco y amarillo, sólo me dejaba a mí acariciarlo y eso me hacía sentir especial, era bonito.

Hacíamos barbacoas cuando se acercaba el verano, aunque al día siguiente hubiese colegio, y mi madre cada vez estaba más contenta porque pronto pasaríamos todo el día con ella; nos poníamos el pijama de pantalón corto y salíamos a cenar al aire libre escuchando a los primeros bichitos.

Desde mi ventana, cuatro casas más allá, veía la ventana de mi vecina Sara, una noche estuvimos bailando y haciéndonos signos con linternas hasta la madrugada, nos sentíamos totalmente dueñas de la noche.

Recuerdo que, para pintar, tuvimos que quitar todas las cosas de mi cuarto, se quedó desnudo, únicamente con los muebles, por los que me decidí a trepar: me tumbé encima de la cómoda, anduve sobre el escritorio oteando la cima del armario... Debería haberse quedado así para siempre.

Una vez colgué un mapa mundi detrás de la puerta, qué feo quedaba.

De pequeña ya iba al baño por las noches, por lo menos una vez, al contarlo en clase la profesora se creyó que era otra de mis historias de fantasía y me llamó mentirosa, sentí tanta rabia que casi me levanto y me voy.

Cada vez que venía alguien a casa le enseñaba mis cuadernos de dibujo o mis cuadros, me sentía muy orgullosa.

Mi madre tenía que chantajearme para cortarme el pelo y siempre discutíamos cuando me peinaba, todavía no sé hacerme una coleta decente.

Dentro de mi armario cabía yo, para esconderme.

La primera vez que entró el escritorio en mi cuarto me sentí como Wendy cuando le dijeron que se estaba haciendo una mujer; no sabía con qué llenar los cajones, pero me encantó la estantería que traía consigo y la decoré con mis libros preferidos.

Siempre he dormido con un oso de peluche pequeño y rosa, cuando yo era pequeña parecía más grande. Imaginaba que, por las noches, estábamos conectados por cables invisibles que hacían que nuestros sueños se compartiesen; a veces yo fantaseaba con chicos y me daba un poco de pudor que el osito se enterase de esas cosas, así que le pedía disculpas y desconectaba los cables, por si acaso.

Cuando tenía pesadillas insistía en que mi madre se viniese a la cama conmigo, hasta que aprendí a imaginar mi cabeza como un televisor, entonces si tenía pesadillas, simplemente cambiaba de canal al de los dibujitos; recuerdo que una vez Asterix y Obelix lucharon como valientes, ganando un jabalí, contra un terrible mal sueño.

Creía que debajo de mi cama había un monstruo terrible o algo parecido, a veces todavía lo creo; mi padre subió convenciéndome por la escalera de que en casa sólo estábamos mamá, Javi, él y yo; entró en mi cuarto y yo me quedé fuera esperando atemorizada, él se inclinó junto a la cama y, después de sonreírme ampliamente, fingió que un monstruo terrible lo arrastraba debajo de la colcha; estuve hasta los quince años dejando las zapatillas de andar por casa en mitad de la habitación, cogiendo carrerilla y saltando sobre la cama.

Cuando me enfadaba, me sentaba en una silla apartada del salón muy enfurruñada, para que todo el mundo fuese consciente de lo mal que me sentía.

Cantaba canciones de amor que yo misma me inventaba.

Pegaba mocos en el suelo del coche y me comía las uñas.

Nadar me hacía sentirme libre.

Hablaba con el viento y, cada vez que me esparcía el pelo, era como millones de caricias, me sentía llena de un amor universal.

Tenía amigos invisibles, en realidad tenía una civilización invisible que vivía en la maceta de mi cuarto de baño, cuando iba a hacer pipi o caca, convocaba reuniones con el alcalde, asistía a alguna representación de teatro, o simplemente charlaba con algunos de ellos; si tenía que salir de viaje a algún sitio, esperaba pacientemente a que todos se subiesen a mis zapatos y al llegar, por ejemplo a casa de mi abuela, corría al cuarto de baño para que se bajasen todos (en casa de mi abuela vivían en la jabonera y desfilaban por el lavabo en concursos de belleza).

Quería ser bailarina y me subía los leotardos hasta las axilas, daba saltitos por toda la casa y ponía posturas; mi padre me hacía portés y nos moríamos de risa.

Mi abuelo me escribía cuentos, me regañaba si borraba mal y me enseñaba esperanto; cuando mi hermano y yo tuvimos varicela, lloramos hasta que vino desde Andújar a casa para cuidarnos.
Conseguir que mi abuela nos dejase rechupetear la cuchara con la que había estado trabajando la nata era el mejor premio del mundo.








Podría seguir, ¡pero no quiero ser demasiado pesada!

14/5/08


Hay flores en las carreteras
y no ha empezado a llover.
Una tristeza de barco
se extiende desde mis labios
a mis uñas mal comidas.
No sé en qué convertir
este vacío en el estómago.


13/5/08


Me miró
con sus ojos azules como el fuego,
profundos como ascuas,
y olvidé lo que quería decir.

9/5/08


Cucurucho
pedorreta
malabarismos
crucial
mercromina
chominada
cristalizar
aventurarse
memorizar
jaén
coco
idiotez
sensualidad
líneal
cristología
amateur
halo
pizquilla
mediocridad
gilipollez
absurdo
pequeño
luna
tópico
sencillo
marino
ambarino
preliminares
prórroga
gol de oro
mazazo
crisantemo
besar
oruga
insignificante
murmurar
despertar
ojo
cruz
sol
a



podría seguir hasta el infinito, hoy me falta el orden de las palabras, pero tengo llena la cabeza de palabras sin más

8/5/08


Crucial
aunque me dijeran que no
que no era posible
aunque me miraras así
y yo quisiera crear palabras
aunque anduviese escondida
para robarte pestañas
con las que cumplir deseos
crucial
como tu piel y tu boca
te deseé
aunque me lo prohibieran

6/5/08


A veces cierra los ojos sin ningún motivo
creo que entonces visita otros sitios que no puedo alcanzar
porque cuando vuelve sonríe
y es distinta.
Me gusta cuando respira
intentando seguir mi ritmo
y boquea vencida llenando los pulmones
porque no tiene paciencia.
Cuando habla en sueños
pensando que no la entiendo
y recojo sus ilusiones
sus temores más profundos
y los convierto en besos
Hay días en los que frunce el ceño
sin motivo aparente
se enfurruña y dice tacos entre dientes
no quiere hablar
no quiere que nadie la toque
se hace de hielo y cristal
muy enfadada
yo me quedo en silencio
a distancia
pretendiendo que no me importa para que no le importe
su belleza es inusual cuando se le llenan los ojos de lagrimas.
A veces se hace un ovillo
de pena y sombras
esperando que la abrace y la ilumine
como si de verdad yo fuese algo irrepetible
en su mundo caleidoscópico
Su monotonía es fascinante





(otra de las cartas que nunca me escribes)

4/5/08


Todos estaban charlando alegremente junto a la hoguera. Algunos reían en grupos con los vasos en la mano. En el sofá que habían preparado para el campo se contaba una anécdota curiosa, pero ella no estaba allí, era la única que después del primer destello había seguido contemplando, con la cabeza volcada hacia lo alto, los fuegos artificiales en la negrura de la noche. En sus ojos había chispas de colores.

18/4/08


Vuelta a lo sencillo




Pensamientos clandestinos
como arañas del podrías
huyendo del deberías
vestidas de sábado

11/4/08


Salía de la academia a las ocho de la tarde, el cielo estaba completamente gris y la lluvia desdibujaba los contornos de las cosas. Como siempre, no tenía paraguas, pero tampoco me importaba. Intenté abrazar las libretas contra mí para que el papel no se mojase y sonreí ampliamente al escuchar que todavía, a pesar del diluvio, quedaban niños valientes jugando en la calle. Amo la lluvia.

De proto, al clavar mi mirada en el suelo que tenía por delante, admiré asombrada la carrera de una pequeñita rana verde que escapaba de mis pasos. Saltaba alegre bajo la lluvia y pensé si habría venido con ella, si se habría escapado de alguna casa o si simplemente era un milagro sorprendente. Se veía tan brillante bajo tras la cortina de agua, con su piel retando al gris, que tenía en mi boca el grito para avisar a los niños porque estaba dispuesta a vivir con ellos la aventura de seguirla en su camino para ver dónde acababa.

En ese momento la verdad se vanaglorió conmigo. En uno de los saltos, de los giros, de la rana, descubrí que era una hoja de árbol jugando a los disfraces. Me mordí la lengua y no llamé a los niños. Aquello había sido sólo para mí. Un milagro de la lluvia que me besaba en los ojos.

4/4/08


A mi madre le encanta jugar con Lucía, mi prima soñadora de cuatro años, porque siempre aprende cosas de ella o descubre por donde anda su imaginación insaciable. Este sábado coincidieron en Zocueca en el campo de mi abuelo, mis tíos se decidieron a última hora, montaron a Lucía y a los mellizos en el coche y no lo pensaron más.
Después de comer, para que todos durmiesen un poquito tranquilos, mi madre salió con Lucía y la pequeña Carmen, de un añito, al porche de la casa para jugar con todos aquellos juguetes con los que Lucía se había reencontrado después de tanto tiempo. Mi madre se sentó en la mecedora con Carmen en los brazos y dijo feliz:
- ¡Oh, qué contenta estoy sentada en la mecedora de mi abuelita!
Lucía enseguida se sintió interesada.
- ¿Tu tienes abuelita?
- Sí.
- ¿Y dónde está tu abuelita?
- Está en el cielo- respondió mi madre risueña.
Lucía miró para lo alto y atacó con esa pregunta que puede llegar a desesperar:
- ¿Por qué?
Pero mi madre tiene mucha más paciencia que yo y caramelosa le explicó:
- Porque se le fue poniendo poco a poco toooodo el pelo blanco y se murió y se fue al cielo.

Después de esto continuaron jugando las dos a las casitas. Cuando mi madre se dio cuenta de que el tono de voces de Lucía subía, decidió que sería mejor que se fueran junto a una encina cercana, enorme, con bancos al rededor y un murete de piedrecitas. Lucía decidió cambiar de juego y comenzaron a jugar a las peluquerías. A ella no le hacen falta peines ni secadores, porque puede jugar con la mímica con total naturalidad. Así que se subió al banco y se puso a peinar a mi madre. De pronto paró y lanzó un grito:
- ¡Tata, tata!- rogó muy asustada- ¡Se te están poniendo todos los pelos blancos!
Mi madre comenzó a lanzar carcajadas y Lucía, temblorosa, se abrazó a su cuello.